domingo, 27 de septiembre de 2026

Waka Ayarwaskar (Bolivia)

 

 

 

MANIFIESTI CONTRA EL TIEMPO AXIAL Y EL PODER TRASCENDENTAL DEL CAPITALISMO IMPERIAL EN EL ANTROPOCENO 

 

 
 
Nosotras, las montañas que aún cantan.
Nosotros, los ríos que recuerdan.
Nosotras, las raíces, los vientos, los insectos, los fuegos, las voces no humanas ni humanas plenamente.
Los seres vinculados por redes de reciprocidad ancestral,
alzamos nuestra palabra frente a la mentira fundacional del tiempo axial,
ese relato que partió el mundo en “antes” y “después”,
y con ello nos robó la coexistencia.
Nombramos aquí el enemigo cosmopolítico:
una idea de tiempo trascendental que se despegó de la tierra para construir imperios,
para ordenar civilizaciones bajo la promesa de un más allá redentor o un porvenir de progreso.
Ese tiempo lineal que empieza con dioses patriarcales,
se seculariza en razón instrumental,
y culmina hoy en el capitalismo imperial del Antropoceno,
el régimen de la aceleración infinita y el saqueo de lo vivo.
El tiempo axial es una teología disfrazada de historia:
el tiempo de Zaratustra, de Confucio, de los profetas, de Sócrates y Buda.
Tiempo de ruptura y elevación.
Pero también, tiempo que corta, que jerarquiza,
que mata mundos relacionales y los reemplaza con abstracciones:
Alma sin cuerpo, razón sin tierra, humanidad sin humus.
Ese tiempo sirvió a los imperios.
Justificó cruzadas, colonizaciones, evangelizaciones,
y hoy sostiene el algoritmo financiero que convierte la vida en rendimiento,
los cuerpos en data, los bosques en créditos de carbono,
las montañas en territorios de inversión extractiva.
Contra ello,
reafirmamos el tiempo animista:
tiempo de los ciclos y de los vínculos,
tiempo que no se proyecta como flecha sino que espirala,
que vuelve para fecundar, no para repetir.
Tiempo situado en los cuerpos, en las estaciones, en los cantos de los pájaros,
en la memoria de las piedras, en la escucha de los ancestros.
Tiempo para volver a escuchar a los abuelos y abuelas,
que sabían hablar con los espíritus y sabían escucharlos.
Tiempo para que sus palabras y silencios nos enseñen a recordar la tierra con ternura,
sin imponerle dirección.
Porque el Antropoceno no es una era: es una trampa narrativa.
Nombrar “la humanidad” como agente único borra los nombres de quienes más destruyeron,
y de quienes aún resisten con el corazón en la tierra.
El Antropoceno es el rostro mudo del Capitaloceno,
la máscara geológica del capital.
Frente a ello, nos rebelamos:
No somos “Naturaleza” administrada.
No somos “recursos” renovables.
No somos “futuro sostenible” en términos del mismo sistema que nos devora.
Somos mundos plurales que se rehúsan a morir.
Somos huacas, apus, yaku mamakuna, nukanchik runa,
somos animismo persistente en cada grieta de la historia.
Somos continuidad de lo que intentaron extinguir:
la vida vivida como red de cuidados, ofrendas, escucha y afecto mutuo.
Proclamamos:
Que ningún tiempo justifica la subordinación de lo viviente.
Que ninguna trascendencia vale el sacrificio de la inmanencia.
Que la vida no necesita progreso, necesita presencia.
Que el colapso no es un fin, sino una oportunidad de reencantar el mundo desde sus raíces más antiguas.
Y que no volveremos a callar.

 

(Fuente: Waka Ayarwaskar - La Morada Sagrada de El Ajayu y las culturas) 

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