domingo, 27 de septiembre de 2026

Pablo Ananía (Rosario, 1942)

 

 

 

 

 

𝐏𝐨𝐬𝐞𝐬𝐢𝐨𝐧𝐞𝐬

 

No es un campo inviolable el de los pensamientos.
Elévense. Elévense. 𝐵𝑟𝑢𝑡𝑎 𝑝𝑎𝑟𝑜𝑙𝑎 -decía Pavese-
dicha por alguien que amaba su idioma...
pero nosotros, con nuestras mentes robóticas,
como exiliados en nuestras propias casas,
con la memoria y la razón nubladas, vimos
(vemos) la extinción de todo pensamiento
en este horno léxico. Hubo quienes tuvieron
la astucia de embozarnos. Sobre las tierras
huecas enroscaron las serpientes. Lenguas
secas de un río seco, agonizante. ¿Dónde
quedaron las voces, el aroma de la tinta,
los poetas, los pintores? Mi generación
ya está destruida: pero las cimas fueron
altísimas. 𝑀𝑜𝑟𝑡𝑎𝑙𝑒𝑚𝑞𝑢𝑒 𝑣𝑖𝑡𝑎𝑚 𝑐𝑢𝑚 𝑚𝑜𝑟𝑠
𝑖𝑚𝑚𝑜𝑟𝑡𝑎𝑙𝑖𝑠 𝑎𝑑𝑒𝑚𝑖𝑡, cuando la muerte inmortal
vació nuestra vida mortal lo comprobamos:
el ascenso fue aparente. No quedó heredad
de lengua. Se envilecieron las posesiones.
¡Todos fuimos suicidas, Alejandra! Un cráneo
funerario, un extraño minotauro de extremidades
desmesuradas que bajó a su tumba haciendo
alardes sobre terciopelos y diamantes.
No importan los nombres. Flujo y reflujo
entre ámame y hazme tuyo. En otro tiempo
se pensaba. ¿Pero quién sabe? ¿Habrá un lugar
donde el idioma sea el hablado y estar ahí
con los antiguos, sin dientes y sin mandíbula,
pero en un estado de somnolencia, agua estancada
evitando la extinción de lo que resta de memoria?
 

 

 

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