Elegía para un pez dorado
No me acuerdo de cuándo fue que mi hermano y yo decidimos matarte, pececito sin cardumen, brillante y feliz en el fondo, que te deslizabas por las puertas de tu castillo falso. Creo que fue en invierno. Parte de nosotros percibía la muerte en el ambiente, las hojas quemadas y las ardillas hambrientas adentro de los robles, el cielo que golpeaba sus nubes contra el cenicero de la ciudad. Y puede que haya sido yo el primero en agarrarte, el que te persiguió por la pecera limpia de tu vida y te metió en el ascensor sofocante de nosotros. Y quisiera decir que fue mi hermano quien te tiró contra la pared como un marido borracho, tus escasos centímetros de luciérnaga patinando contra el empapelado de jardín inglés, y que fui yo el que levantó la pata como un perro, yo el que con mi pie descalzo aplastó tu casi nada de costillas y te sintió explotar como un granito. Eso es algo que me va acompañar por siempre. Esa rabia tamaño caramelo de Halloween, esa pastilla para la tos de maldad. Y tu muerte, sólo el comienzo, la autopsia de esa naranja machucada nos hizo pensar en mandarinas, naranjas de ombligo, de pulpa roja, persas y las dulce naranjas de Valencia. Y cuando nuestra hermana, que debe haber pensado en vos todo el día, volvió a casa y encontró vacía la pecera, nos miró, a mi hermano y a mí, me acuerdo que empezamos a reírnos. Y después quizá haya sido yo, aunque también tal vez haya sido él, al que se le ocurrió la idea de abrir la lata de mandarinas, el que sacó uno de esos cadáveres color naranja del almíbar, y le tiró ese nuevo pececito artificial mientras la perseguía por la casa al grito de ¡Comételo! Comételo!, pero fui yo el que la agarró en su cama y él quien le abrió la boca de prepo, y yo el que le metió la fruta pegajosa en la garganta como un pie ensangrentado en una media. Hacía apenas unas hora que ya no estabas y sin embargo el cielo, afuera, se puso negro y rojo, el árbol del jardín se sacudió de un lado a otro hasta que se le quebró la columna vertebral, y mi hermana menor, tu único amor, estaba toda blanca y latiendo como el neón en un hospital, los ojos dados vuelta en el acuario de su cabeza por un instante, y en todos los países innumerables muertes, pero ninguna tan importante como la tuya, Cristo diminuto, máquina de esperanza, mártir de los chicos y las chicas.
Traducción de Ezequiel Zaidenwerg Dib

No hay comentarios:
Publicar un comentario