
MINEROS UNO
Caminas todavía entre sílice y cal,
entre martillos
con lacerado pulmón que te acompaña
en la tos terminal de tu apellido.
¿Subes acaso, desgastando sueños
que en cachorro de ruido y polvareda
encoraginan puños y adjetivos?
Atento ante la muerte,
drásticamente amortajado un hueso
reseco en sus raíces
enumeras tu pan y las heridas
de tu famoso grito,
de tu rabia inconclusa
y la prédica inmemorial de tu andadura.
Subes o bajas desbastando sombras
con la luz consecuente de lentos lamparines,
te lleva de la mano un salario agostado
y te llevas tú mismo y sin pretextos
como tapa de tumbas desmedidas.
Está tu grito tenso,
tu joroba ancestral,
la tenaz ilusión de hollar la roca
sin macular sus sacras desnudeces,
está el trajín de tus zapatos
cloqueando en los charcos de tus charcos.
Sin embargo prosigues,
martillo de ocho libras, barreta, dinamita,
como puñal sangrante en medio de la veta
vistiendo de crepúsculos
el tendón magistral de tu estatura.
Sin embargo prosigues,
yugulada tu voz entre las sombras,
tributario de orígenes, nictálope veraz,
locura sin retorno entre cristales
de venenosos filos trasnochados.
¡Cuánto más! Un salario de alcoholes edifica
catástrofes de coca,
secretos rituales, donde la muerte misma
empieza a retejer sus misereres.
Sin embargo prosigues,
cerrado a cal y canto en tus angustias,
debajo de tu piel un puño alzado,
debajo de tu piel el hambre y los fusiles.
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Héctor Borda Leaño nació en Oruro, Bolivia, en 1927 y falleció en 2022, en Suecia. Durante su juventud trabajó como obrero en diversas minas de su país, actividad que se reflejó en su poesía al igual que otros temas relacionados con las culturas de los pueblos andinos. Su actividad política, vinculada al proletariado minero y al Partido Socialista dirigido por Marcelo Quiroga Santa Cruz, lo llevó a ser elegido Diputado Nacional durante el período 1966-1970 y Senador entre 1982 y 1985. En 1971, con la instauración de la dictadura de Hugo Banzer, se vio forzado a partir al exilio, residiendo en la Argentina y en Suecia. Su labor poética mereció en dos oportunidades el Premio de Poesía Franz Tamayo, en 1967 por su libro La Challa y en 1970 por Con rabiosa alegría. Otros de sus poemarios son El sapo y la serpiente (1965), En esta oscura tierra (1972) y la antología Poemas desbandados (1997). El Festival Internacional de Poesía 2010 le otorgó la medalla “Marina Núñez del Prado”, un reconocimiento del Estado boliviano a la trayectoria literaria.
Fuente: Poesía social y revolucionaria del Siglo XX. Editorial Agora. Buenos Aires 2012.
(Fuente: Cecilia Pontorno)
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