martes, 5 de julio de 2022

Waldo Leyva (Cuba, 1943)

 

LLUEVE EN COYOACÁN

                                   «Pies pa’ qué los quiero si tengo alas»

                                                                                  Frida Khalo

 

Es domingo,

un domingo lluvioso de Septiembre.

Estoy con Roberto y mi mujer

en la Casa Azul de Frida Kalho.

 

La lluvia hace más íntima esta tarde en Coyoacán.

 

En cada objeto está latiendo Frida.

Miro sus óleos, los autorretratos desafiantes

y no puedo apartarme de sus ojos,

del arco silvestre de sus cejas,

de su perfil volcánico.

 

Aquí con el corsé torturador,

allá con un rebozo violeta.

En el otro extremo está la hermana,

de belleza distinta,

y su padre siempre pendiente de sí mismo.

 

La lluvia es de algún modo la memoria.

 

En la cocina, la arcilla recuerda la ceniza

y el ruido de otros tiempos

donde la sangre indicaba el rumbo de las noches.

 

Roberto fija cada instante pero el museo se resiste.

 

Intento imaginar a esta mujer andando por la casa,

imponiendo su furia, sus olores,

sufriendo y disfrutando, las roturas del cuerpo.

 

Diego no existe en la imagen que esta tarde

me provoca la casa.

Su presencia es accidental, casi foránea.

 

La lluvia es fina como un polvo de agua.

 

Cierro los ojos y me llegan los ruidos

de su columna vertebral,

las maldiciones, el temblor del violeta casi ausente,

el tacto áspero y tierno de su bata frondosa,

la música cortante y persistente del azul,

y el olor, en crescendo, a desnudez,

a sexo reclamante, a semen húmedo.

 

Llueve en Coyoacán.

 

Frida sale al patio, no tiene el cuerpo roto,

baila desnuda sobre las piedras,

y la ciudad se calla.

La estoy viendo con los ojos cerrados,

la estoy tocando sin el tacto que estorba,

me llega el olor de  su piel

tatuada por los vientos de otra edad

donde su corazón fundaba la piedra de los sacrificios.

 

No quiero despertar.

 

Si abro los ojos Roberto estará fijando el rostro

de mi mujer junto la foto absurda de Frida en el salón.

 

No quiero despertar, pero cesó la lluvia

y la ausencia de Frida llena el lecho

donde tantas veces se buscó a si misma

para dejar sólo retazos suyos

dispersos en las telas

donde creen encontrarla los que pasan.

 

LA ETERNA DISPUTA

 

He vuelto de un sitio del que nadie regresa.

No sé si fui empujado o decidí esa ruta.

Probé todas las aguas y deseché la fruta

que me ofreció el barquero con tanta gentileza.

 

Cuando emprendí el camino, llevaba en mi cabeza

la fiebre inmemorial de la eterna disputa

entre el ser cotidiano y esa idea absoluta

que asume muchas formas y en ninguna se expresa

 

mejor que en ese viaje hacia un tiempo sin fondo,

hacia el silencio puro y el vacío más hondo

que pueda imaginar la conciencia del hombre.

Yo toqué ese silencio, su densidad, su frío

y conocí al barquero y hasta el agua del río

pero soy incapaz de pronunciar su nombre.

 

LA DISTANCIA Y EL TIEMPO

 

Tú estás en el portal, apenas has nacido
caminas hacia el mar y cuando llegas:
tienes el pelo blanco y la mirada torpe.
Desde la costa se ven las tejas rojas de la casa.
Si quieres regresar, ya no es posible;
a medida que avanzas se borran los caminos.
Tu camisa de niño aún está húmeda
y veleta de abril en el cordel
indica para siempre la dirección del viento.
Qué gastadas las uñas,
qué frágil la memoria,
qué viejo tu zapato por la arena.

 

CONTRA LA DESMEMORIA

 

Para José Omar Torres, hermano

 

Cantemos la canción de los soñadores,
que no nos detengan las espaldas que se alejan
ni los oídos que sólo quieren escuchar
el repetido canto de las sirenas;
por muy sólo que se anuncie el camino,
cantemos siempre la canción de los soñadores,
que el canto nos acompañe
con su melodía incorruptible.
El fin no es tocarlo sino perseguir el sueño.
Y si algún día, no quiero pensarlo,
nadie canta la canción de los soñadores
si alguna vez, no quiero imaginarlo,
sólo se escucha el alarido de las sirenas,
entonces yo, contra esa desmemoria,
seguiré cantando con mi torpe voz
y estoy seguro, eso quiero creer,
que alguien, cuyo recuerdo ignoro todavía,
se levantará de las aguas para sumarse al coro
y descubrir conmigo la canción de los soñadores.

 

AGRADEZCO LA NOCHE

Aquí estoy, nuevamente amanecido,
dispuesto a soportar hasta que vuelva
la noche irremediable.
Cuento los días y me resulta eterno
el tiempo que supongo me separa
del silencio sin ruido.
Estoy como en un pozo
pero viendo la luz solo en el agua.
En un sitio del mundo
comenzará otra guerra
y vencerán los muertos a los muertos.
De aquello que fue el rostro del amigo
queda sólo una mancha, un tatuaje
que ha dejado la máscara en la piel.
¿Quién le cortó los hilos a la rueca?
¿Quién me dejó sin calles, sin laguna
con una puerta sólo hacia la infancia,
hacia el agua del pozo?
Aquí estoy, nuevamente amanecido,
ha sonado el teléfono,
comienza la ciudad su ruido informe,
y siguen los semáforos en rojo.

 

NI EL AVE NI LA MADERA

 

Para Nicolasito

Un pájaro principal
Me enseñó el múltiple trino,
Mi vaso apuré de vino,
Sólo me queda el cristal.

Nicolás Guillén

1
Estoy mirando una rama
que puede ser flauta o flecha,
acompañar una endecha
o volar como una llama.
Crece en flor, ignora el drama
que la incluye, su ideal
es volverse pedestal
verde, vivo, palpitante,
para que en su copa cante
un pájaro principal.

2
¿De qué oculta primavera,
de cual sur, de qué horizonte,
de qué inexplorado monte
llegó el pájaro-quimera?
Ni el ave ni la madera
saben que soy su destino;
la esbelta rama de pino
me dio el dardo y la inclemencia,
y el pájaro, en su inocencia,
me enseñó el múltiple trino.
3
Entre la flecha y el vuelo
hay como un hilo invisible,
una línea imperceptible
que une la tierra y el cielo.
¿De qué implacable desvelo
ha nacido ese camino?
El pájaro peregrino
lo ignora, y emprende el viaje,
y yo, atento a su plumaje,
mi vaso apuré de vino.

4
Sé que la rama prefiere
seguir en flor contra el viento,
ser del ave su aposento,
no el venablo que la hiere.
No soy Dios, si es lo que quiere,
que juegue a ser inmortal;
ayer yo pensaba igual,
pero del vino espumoso
que bebí lleno de gozo,
sólo me queda el cristal.

 

EL INOCENTE OJO DEL ANTÍLOPE

 

Un tigre salta de la piedra.
Vuela un ave que ignora la angustia del vacío.
Ciego es el pez, su pupila es el agua
y muere herido por el aire.

La lombriz puede ser reina de la altura
y deshacerse el árbol
en el vientre insaciable del insecto.

A la cruz del comienzo clavado sigue el hombre.
Sangra. Puede ver aún el rostro de los otros.

Ni dios, ni ventanas azules,
ni el inocente ojo del antílope.

(Fuente: La Parada Poética)

 

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