a la mañana siguiente yo me levanté, él no.
La podadora se atascó, dos veces; me arrodillé y encontré un erizo entre las cuchillas, muerto. Estaba entre las hierbas altas.
Lo había visto antes y hasta le había dado de comer, una vez. Ahora había destrozado su discreta existencia sin remedio.
Enterrarlo no me ayudó:
a la mañana siguiente
yo me levanté y él no.
El primer día después de una muerte, la nueva ausencia es siempre igual:
deberíamos cuidar
unos de otros, deberíamos ser amables mientras todavía hay tiempo.
Trad. Diego Cúneo
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