La iglesia de Bergheim
Traducción de Silvio Mattoni
La
iglesia estaba helada. Estaba vacía. Yo bordeaba los palcos de madera a
la derecha de la puerta alta tras haber empujado la batiente de cuero.
Prendía la lamparita transparente y despojada que colgaba en la
escalera. Subía la estrecha escalera de caracol que conducía al órgano
lleno de vapores y totalmente marrón de madera repintada en el siglo
XIX. Me ayudaba con la baranda grasosa y fría bajo los dedos. Me sentaba
en la banqueta de cuero forrada. Entonces, acuclillado a medias detrás
de mí, se alzaba el fantasma voluminoso, en traje de terciopelo, de un
hombre con la cabeza toda roja, con patillas blancas. Ese hombre
empezaba a caminar, lentamente, sobre los enormes fuelles para
introducir el aire. Era un hombre cada vez más rojo que empujaba sin
cesar el aire dentro de los tubos que a su vez hacían que bramara el
canto. Porque conocí esa época en que no había electricidad en las
iglesias. Vuelvo a ver a esos sopladores que caminaban sin parar, de la
manera más regular posible, como metrónomos humanos que marcaban el
movimiento del canto, junto a intérpretes que miraban en el retrovisor
adherido encima de los guiones de interpretación los gestos que hacían
los curas y los niños del coro más abajo. Unos bailaban sobre sus
pedales y la pedalera mirando a los curas y a los niños que se movían
levantando sus túnicas rojas o blancas, otros bailaban sobre los fuelles
mirando al organista y toda la iglesia cantaba lentamente, y el aire se
tomaba todo su tiempo para rebotar contra los muros elevados y curvos
de la nave, soplando y regresando.
en El origen de la danza, Interzona Editora, 2017
(Fuente: Descontexto)

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