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Es difícil saber
qué tienen las caderas de Santiago
que me recuerdan
los ángulos perdidos
por donde una tarde entró
la muerte al mundo.
No es la misma sensación contemplar
el Arbol que anida en medio del cielo
(que algunos poetas griegos
llamaron “La puerta de la Muerte”)
que mirar una tarde sus piernas en el bar
y decir, por ejemplo,
que ellas son un corral de caracteres antiguos
que anuncian la caída de nuestra época
a manos del padre sonoro
segador de razas
que es el Orden impuesto
a los ojos de Dios.
Decir, por ejemplo, en un desolado
café de Montmartre
donde los surrealistas japoneses viajaron durante
muchos años
para probar fortuna
decir que las piernas de Santiago persiguieron
durante muchos años
a un muchacho celta
que tenía la extraña facultad e convertirse en el
ave-lira
y hacerse invisible
en las ciudades donde grandes mujeres
riegan sus flores en los balcones
mientras en el hospital militar
se pinta un gran mural contra el Cáncer
que no sabe nada de pintura
y sigue pastando por las vísceras
a su voluntad
decirlo no es lo mismo
porque toda señal que deja el cuerpo
sobre la tierra o sobre las artes
suele ser fugaz
así nuestro paso sobre la noche sea pesado
como el de los grandes animales
toda señal del cuerpo es inútil
yo recuerdo
un país que mandó a sus muertos a pelear
a sus muertos negros y a sus muertos blancos
los primeros eran pertrechos los segundos
se alborozaban mirando en el cielo
estrellas de cinco y seis puntas
los muertos conocen su cuerpo
mejor que nadie
porque en él habitan todas nuestras culpas
y por eso no le dan la importancia
que los otros le otorgamos
o simplemente lo desprecian
porque con él no puedes dejar una señal
que llegue a la noche
porque él no permite ser invertido a voluntad
para mostrar lo que en realidad somos
porque todo cuerpo invertido
tiene el dudoso privilegio
de permanecer secreto
y entonces lo que nos queda
es comparar nuestro cuerpo con algún
objeto perdurable
acostarnos con la idea de que en nuestros
omóplatos y en nuestras tibias
están escritas las leyendas de los monasterios
más perdidos de las estepas
mejor aún
ser solidarios y comparar nuestras partes
y las de nuestros semejantes
yo digo las caderas de Santiago se parecen
a los ángulos por donde entró la muerte
y Santiago dice las ancas de José Carlos
son la más alta distinción del hombre moderno
y así pasar la noche jugando cartas
bebiendo vino y plagiando versos
que son signos
circulando dentro de un cuerpo
que nada señala
claro que ciertos pueblos
pueden contradecirme escribiendo
con la sangre de sus muertos
sobre el papel o sobre la piedra
otros dejando la piel iluminada en una lámpara
y los menos decorando con huesos
amarillos y verdes los grandes arcos
de los conventos
pero yo no dejo señales-
nada indicaron por ejemplo
mis sollozos amargos cuando r. me dijo
sentado en una perdida escalera
que planeaba dejar su virginidad
como quien se hunde
entre los cartílagos ruedas
y tejidos
de un cuerpo que parte
o se oscurece
nada significa el rastro de esperma
que dejo cada mañana en las sábanas
excepto su parecido a la silueta
de una isla malaya
que en la tarde se evapora
y tampoco el aire que muevo por la calle
cada noche para llegar al restaurante
nada de eso perdura
al fin y al cabo
nuestro paso por la historia no es otra cosa
que el viaje de los muertos futuros
dentro de nosotros mismos-
ellos saben cosas
de las que nosotros no tenemos idea
mi padre por ejemplo
asegura sobre la cama donde sus huesos
se desordenan como islas
que la señal de los cuerpos de nuestra época
es la música de la carne pasada por el cuchillo
demostrando que tanto lo que se guarda dentro
como fuera de ella
es igual de sucio.
Pero no basta nuestra voz para decirlo:
toda señal que procede de nosotros
es efímera y sin importancia
pues el Tiempo nos ha despojado
de toda significación
y ahora nuestra época más que sombría
es muda
-Y a cambio nos ha dado
eso que llaman susurro de la vida
que nos da tanto miedo
como el pequeño pájaro que come carne
el canto victorioso de los cerdos
o la iluminación mortal del cuarto de baño
viajando dentro de nosotros
con el lento paso de una horda de fantasmas
por una bodega inglesa
(de El libro de las Señales, 1999)
Álbum familiar
Regresando tarde a casa, ya entregado
a los favores de la hierba quemada y a las horas de trabajo,
volviendo entre la dispersa luz de una calle desierta,
hoy he sentido, y no sé por qué, algo que me arrastra
a escribir la historia de la pareja que duerme a cinco pasos
de mi cuarto: hombre y mujer que tiempo atrás
se dispusieron en medio de una gran cama, cercándome
con el rumor de sus cuerpos, siguiendo con los ojos
y con las manos el recorrido de un río blanco y caliente
por el que yo pasé, sigiloso entre ellos, orgulloso
como un muerto que a besarlos se niega.
Quizá sea hora de volver a sumergirme en ese río.
Quizá ha llegado, pienso, el momento de ser bueno,
de salir a la noche y liberar el corazón
del mismo modo en que la mano suelta al pájaro,
de apartar por fin de mi mente este humo prohibido
donde mi cuerpo agotado casi siempre se extravía.
Pero hoy, con mi definitiva desnudez entre los dedos,
sentado en el suelo, frente a la ventana, escribiendo
bajo una luna que no tiene ninguna intención de perdonarme,
prefiero contar la historia que comenzaba todos los domingos
cuando él la recogía en su auto, a las cuatro de la tarde,
en una esquina cercana a su casa, esperando verla llegar,
y ella aparecía con la sonrisa del acróbata que no le teme al cielo.
Sin embargo su alma temblaba tanto como el caballo
a punto de saltar a través del aro ardiendo.
Pero por ese entonces lo único que les importaba
era llegar a ese hotel barato cercano al aeropuerto.
Dentro del cuarto, una mesa de palo y un áspero lecho
eran testigos de sus ceremonias, sucio asunto de blancos.
Ella se desnudaba. Bajo el vuelo de los aviones.
Luego retorcía su cola de mono entre las piernas de mi padre.
Y su cuerpo como un libro que no se me ha permitido leer.
Y un par de horas después debían vestirse de nuevo y salir,
dejar el cuarto para alguna otra pareja que, como ellos,
hizo guardia esperando su turno en el frío de las afueras.
Volvieron a ese lugar un par de veces más, eso es seguro,
sucedieron cosas que he olvidado, que han preferido
no contarme, sino guardar para el tiempo de alabanza.
Pero ahora les digo que ese tiempo nunca llegará,
y es a este lejano lugar levantado para el reposo debido
que hace más de veinte años ustedes esperaron,
padre Jorge, madre Marisol,
donde he vuelto para que miren a su hijo nacido en un cuarto de hotel,
para que lo miren a los ojos y acepten juntos estas palabras,
manos pálidas que a través del aire nos trajeron compasión,
misericordia,
y otras cosas que aún no hemos entendido.
Lesley Gore en el infierno
a carlos torres rotondo
Somos ahora parte de la oscuridad. En ella
nos encontraremos en un paisaje que depende de nosotros,
una playa donde vagábamos en silencio, por primera vez
sin decir nada, tropezándonos de cuando en cuando
con rebaños de maricas que a nuestro lado pasaban riendo,
portando antorchas, dorados vestidos de noche.
Sus cabezas brillaban intensamente como anémonas.
Esta es mi fiesta y lloro si quiero, dijo una de ellas,
mientras yo le demostraba mi desprecio,
juzgándolos como hombres donde la duda había escarbado
y hecho su dominio de la misma forma en que una rata
destroza la pared acolchada del cuarto de un loco.
Pero míralas ahora y dime si no son todavía dignas
echadas en las camas del pabellón del hospital.
Toman entre sus manos las plumas que se les han caído
por el tiempo, y nos muestran los retratos
de los que alguna vez entregaron la vida por el oficio.
Uno de ellos en manos de un bruto en un garito.
Otro colgado de un farol por un cinturón de cuero.
Y ésta es la foto de Miguel, a quien le gustaba
mirar en secreto postales de estudiantes japonesas.
De él no sabemos nada. Pero era seguro que algo escondía.
Sangre de los viejos hombres y de los hombres jóvenes
caía de sus manos como si fuese dinero perdido.
Y hasta aquí vinieron unas chicas delgadas y algo ebrias
-de las que te despiertan el ánimo y a mí la rabia-
afirmando haber visto a Lesley Gore caminando
por las calles del balneario, cargada de pulseras,
y con los anillos y las palabras sabias de la serpiente
que en la tarde rebosa en mi plato y no puedo alcanzar.
Las notas pasadas de su vieja canción resonaban
en la memoria, y de pronto alguien habla de la sangre
de los jóvenes y de los viejos y aquí no se entiende nada.
Solo sé que cuando las aguas del despertar levantaron
a esos hombres dudosos de sus camas, mareados,
yo los vi decaer y los puse en un poema que hablaba
de su rutina de animales, de la simple virtud del abandono.
Ellos me rodearon y se lamentaron de esa triste posición
y entonces les dije: esta es mi fiesta y lloro si quiero.
Con estas palabras abandoné la rabia y pasé al lado de los gimientes.
(Fuente: Círculo de poesía)
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