miércoles, 6 de julio de 2022

Jorge Aulicino (Buenos Aires, 1949)

 

Algunos poemas

El río

3

¿Qué necia circunstancia me puso a mirar el marco
de un cartel a esta hora, y tras él maderas podridas
de un embarcadero? Sé cómo se puede vivir
en la Luna; encararía a alguno y le diría
“mi ataraxia es una nube que descendía tanto,
tanto, sobre una canoa”.
Puedo estar ausente de esto, y de todo, diría,
pero hoy me persigue esta madera, en esta veo
la sustancia del momento pegada a ella, como si
transpirase de ella, y todo embarga y fascina,
no impide la vida, sino que uno se ve de pronto
algo más que ligado al ambiente de la madera,
el marco del cartel, la casa del embarcadero
sospechoso: se ve absorbido por un implacable
Maelström, del que nunca volvió nadie, y si volvió
tenía algas pegoteadas, papeles deshechos
en la cara. Es “una multitud de despeñaderos” *
y eso solo es inimaginable.
Pero a ser eso tienden esta madera gris y sus
resquebrajaduras. El tiempo la trabajó allí.
Poner se puede un ancla en el río, pero no hay
ancla que impida el avance del mal tiempo sobre la
madera y que las nubes respiren en ella, rastros
se pierdan en la madera.

* Poe.

 

5

Tratemos de que todo se maneje con la mayor
displicencia, remontémonos a cuando Jude el Oscuro
veía Wessex del color del barro, un atrevido
campesino enamorado del saber y de un terrible ángel,
arrastrado como el propio libro en que todo esto se narra,
por la oscura decadencia de la burguesía encerrada
en un mal entendido Evangelio.
¿Cómo no evocar los buenos tiempos de los grandes lobos,
el Medioevo en el que todo es barro, pero se sienten
los latidos de un oscuro prodigio bajo los pies?
Consideremos las brujas de los leños, del poeta entrerriano,
¿una pervivencia de aquel mundo, anárquico de
visiones, del artesanado? ¿Y por qué no, y por qué no?
Consideremos cuán libre era la imaginación bajo el
feudalismo y cuánta épica emoción había aún en
los bosques. Miremos el río: da lugar a todo.
Siempre dará lugar a todo. Y quizá todavía
a la eterna niebla romántica en que resuellan las sombras,
los cazadores sombríos y los hombres fiera
—hay todavía luces de unas ventanas iluminadas.

 

24

Como un amor que se estrangula a sí mismo,
así es el río.
El amor no se tolera a sí mismo y sólo lo tolera
el que pesca con tanza, el de pocas luces.
Es mejor, decía, pescar en la oscuridad.
evitar la pasión, que termina en oscuridad.
Y no con absurda caña, sino con tanza, cordel
que tiembla sobre el costado del dedo,
que presiente la gravitación del pez.
El río no se tolera a sí mismo, por eso
se abre, se aparta de todo, lleva
lo que encuentra, que no es mucho, pero
no desespera, se abre más, porque esa es la ley
de la llanura, sobrevolada por loros.
Todo canta a su alrededor. El río lo consigue
pero no escucha cantos: los envuelve, los diluye,
los lleva.
Liberado de pasión, no de amor, el río no es él mismo.
Una gota de vino cuelga a veces del labio
del pescador, se embriaga apenas, a veces.
Pero no pregunta lo que no comprende.
Apagó todas sus luces, como el río,
al que iluminan apenas el farol de una canoa,
los astros.

 

Añadidura

El Paraná

¿Era hacia vos que iban las flechas del holocausto
que cada día el sol nos regalaba
al caer?
¿Como si esa belleza fuera una condena que rabiaba contra vos,
siempre desde el río? Una frontera.
¡Cómo amamos el río!
Lo que vendrá mañana será, ya lo sabemos, menos consistente.
No sabemos en qué grado, pero menos, siempre,
hasta hacerse tenue, indeciso, prolífico, final.

Se te regalaba con rabia el sol,
daba todo para iluminarte de rojo,
pero te golpeaba.

Y algo en vos me dijo que me habías olvidado.
No que empezabas a olvidarme
sino que me habías olvidado para siempre,
irremediablemente, ahí,
como si no existieras en ese momento.
Como si nunca hubieses existido.

 

 En:  El río y otros poemas

 

(Fuente: Opcitpoesía.com)

 

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