De rodillas
en el suelo de la cabaña abandonada sobre el árbol
(el saúco el sauce la aldea del arce)
le romperé la espalda al amor
le quebraré la columna y la espina
y hará [¡]crac(k)[!]
y no será la llamada del grajo
ni el canto de cisne de un pico naranja
sino el fin del aliento
el comienzo del fin con la sangre en las manos
y la gelatina chorreando hasta los codos
y el charco en el suelo
y la flor despreciada
y la tela abrasada
y todo para que no acabe ocurriendo
absolutamente nada.
…
El cuco parece agotado.
Se posa en el hombro de Tristia
y grita: «Mentiroso»,
como quien grazna: «Estoy muerto».
O mejor: «Me expropiaste el sueños.
(Lo escondí diez años bajo la almohada).
Sale sólo aire tibio del pico de Tristia.
Y el cuco, el cuco ya se ha ido.
(El cuco es el hombre de arena,
es la V que se yergue en la derrota).
…
Como una rama seca bajo un pie ciclópeo,
mi esqueleto, mi cráneo entero cruje.
Bajo tu mano.
Ni siquiera te respeto.
Es más: enciendes en mí
la hoguera de la repulsa, un humo denso
desmayándose en un cielo negro vigoroso.
Soledad entre multitudes. Espero.
Tú, tú no acompañas.
Cuándo convertiste tu anatomía en un obstáculo
que saltar en la carrera, al vuelo
(o lo convertí yo, rabioso como un juguete);
cuándo te convertiste en bofetada callada
de lo insufrible,
indolora; cuándo, digo, no lo sé.
Sólo sé que este maldito aire está por todas partes.
Que apesta, como apesta un tugurio.
Y que no soy yo. Y que no hay ventanas.
Y que deberían morir los desaventurados.
Y yo con ellos.
…
Quemaré las páginas de tus libros
por envidia.
Tras haberlas comentado en todos los medios
tras haberlas ensalzado entre copas
no podré resistirlo y escupiré en la portada
de tu último disco
y devoraré todas las fotos que usas para las tapas
de tus últimos gritos
y que colgaste en el blog que te hice
cuando todavía
viajábamos
juntos.
…
EL POZO
Quebrantando las espigas
de gelatina,
esparciendo crujidos
por los caminos de sirga
voy diciendo que resultas sin duda extraño
asomado al pozo, inclinado.
Y cacareo que es en estas mañanas
[con el pulso tranquilo mezclado
con la luz de los tilos lavados]
cuando podrían devorarse como helado de yogur
tus restos
(con un enorme bordado en la cara
y tal vez una lágrima en la nariz
como las que te provoca el orgasmo que yo te causo
cuando te exploro por dentro, como en un juego).
Exactamente igual
que las cenizas de un amor antiguo.
En Martín y sus guerras frías
(Fuente: La parada poética)
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