Carta al Papa
-Papa, momia, oficiante de los ritos inútiles desde una luz
pulverizada, ni siquiera un síncope secreto te rescata por debajo de las
creencias y los revestimientos de la sangre.
Ahora que sólo eyaculas palabras para la fecundación de una
muchedumbre estéril, sabemos que también es posible una barbarie
metafísica, una que se encarniza en frotar el nombre de Dios mientras
una bestialidad de padre y madre se solaza en los pasadizos de la
Historia.
Te hinchas y te babeas en las devociones del Espíritu, entre los
rameos de su verga etérea, nos sumerges en los bubones y las llagas que
cualquier cristo o piojo ideal materializa sobre las heridas de la
carne.
Oh, te escuchamos y te vemos, Papa rentado por cualquier culpa: tus
oraciones triviales eructadas en latín chorrean sangre de los crímenes
divinos, tu blancura puramente ornamental empina el primordio de la
farsa humana.
Tanto arrullas con tu fe, y tanto te empeñas en tu mueca piadosa
para que no nos atrevamos a dudar. Llamas con una palabra repetida a
aquello que debió sostener sin nombre a nuestra propia iniciación.
-Papa, costra, vestigio de los olores y de las convulsiones del ser,
los instintos sacrificados por mil diarreas evangélicas pagan al
paraíso con nuestra tortura y a tu iglesia con los dones que agonizan.
Quisiéramos descender por una vez hasta las rugosidades de tu hueso,
encontrar entre sus grietas profundas a los primitivos filones
sensuales, a los estremecimientos del caos nunca del todo coagulados, a
los misterios y sus trances no enmohecidos aún bajo los intereses
falaces de tu credo.
El acuerdo purificante entre tu Dios y los hombres y la falsa virtud
suministrada al paso como un narcótico eficaz han entorpecido desde
siempre la fluidez anárquica de los acontecimientos, impidiendo los
vectores mágicos de un misticismo que nunca quiso reprimirse por los
humores y los precipitados de una imagen sagrada.
Los pocos, los fuertes, los perdidos, aquellos a los que tú no
dudarías en llamar réprobos o herejes, hemos sabido abominar de un
pueblo aterrorizado para enfrentar la fragilidad y la muerte por fuera
de los hospicios celestiales. Abismados en un viento sin mitos ni
plegarias abortamos toda esa pesada estela de versículos y mandamientos
usurpadores del ser, toda esa babosa idolatría bien flameada entre tus
santísimos bufones, toda la aureola de ese absoluto sombrío que separa
al hombre de las facultades cósmicas y a éstas de una fuerza desconocida
y recompuesta de intemperie.
Nosotros nos desparramamos en el cielo y en la tierra sin más dioses
que los infinitos rostros de las cosas, de esas criaturas y esos
objetos liberados por sus energías contrarias de cualquier estado de
identificación ruinosa, nos hundimos en nuestro espesor carnal extraños a
las voces de pecado o redención, entregamos nuestra voluntad y nuestro
impulso a los inmensos desprendimientos, sin que ningún Poder moral haga
pesar sus amenazas. Nosotros no queremos una vida después de la vida,
Papa chupado por una esclerosis de eternidad.
El mundo ondula, hierve, cruje o se sutiliza, el mundo no se
apoltrona en una misa para reconocer a un Demiurgo y ofrendarle sus
potencias. Pero tú y tus secuaces han secuestrado todo lo que aparece en
el nombre de Dios, lo han infisionado de humanidad y han vuelto al
infinito cósmico un asunto de atroz panfagia, una totalidad comida al
paso por una concepción y un culto siniestros. Así que no dudamos en
comunicarte: tu dios es tan ínfimo como nuestras cabezas, tu dios
permanece encerrado en el miedo de los individuos, gime separado en un
nombre y consumido bajo las adoraciones. Nosotros no cabemos en tu
dios-quiste, en tu dios-función, en tu dios-frasco de preceptos.
Nosotros no nos arrojamos al gran Violador en la carne bajo la promesa
inmunda de una Salvación.
-Oh Papa usura de la muerte. El mundo sigue rodando por la fuerza de
lo inconcebible. El mundo libra su fe entre las suertes de lo incierto.
Una palabra desolada que ha aprendido a danzar en el vacío nos exorciza
de ti.
(Fuente: La rosa y su peste)
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