sábado, 16 de enero de 2021

Rainer María Rilke (Praga, 1875 - Suiza, 1926)

 

 

Elegías de Duino

 

La segunda elegía

 

Todo ángel es terrible. Y, sin embargo, ay de mí, 

yo los encaro con mi canto a ustedes, por poco mortíferas aves del alma,

sabiendo quiénes son. Adónde habrán quedado los días de Tobías,

cuando de los más deslumbrantes uno apareció en el sencillo umbral, 

que apenas disfrazado para el viaje, dejó de ser aterrador;

(muchacho al muchacho que, desde adentro, miraba curioso).

Si ahora el arcángel, el peligroso, bajara desde detrás de las estrellas 

un solo paso hacia acá, en un altísimo corcovo 

nos abatiría el propio corazón. ¿Quiénes son ustedes?

 

Oh, tempranamente logrados seres, consentidos de la creación,

horizontes cordilleranos, arreboladas crestas matutinas

de todo lo creado,—polen de la deidad en flor, 

coyunturas de la luz, galerías, escaleras, tronos, 

espacios esenciales, deleitosos escudos, tumultos 

de rabioso, extasiado embeleso, y, de repente, solitarios, 

espejos: que vuelven a recoger en su propio 

rostro la connatural belleza que irradian. 

 

Porque nosotros, donde sentimos, nos disipamos; ay, nos

volatilizamos en nuestro propio aliento; de brasa en brasa

se debilita nuestro perfume. Puede que alguno nos diga: 

sí, tú me penetras mi sangre, esta habitación, la primavera 

se llena de ti… De qué vale, él no puede retenernos,

menguamos en él y en su rededor. Y a aquellos que son bellos,

¿quién los retiene? Contínua apariencia 

surge en su rostro y se va. Como el rocío de la hierba mañanera

lo nuestro se nos escapa, como el calor de una 

comida caliente. Oh, sonreir ¿adónde? Oh, levantar de ojos: 

nueva, tibia, huidiza ola del corazón—;

ay de mí: pero sí, eso somos. ¿Acaso el espacio cósmico 

en el que nos diluimos sabe a nosotros? ¿Será que los ángeles 

de veras solo atrapan de lo suyo, de lo que emana de ellos,

o es que a veces, como por descuido, hay allí algo 

de nuestra esencia? ¿Estamos entremezclados 

en sus facciones solo como eso que hay de vago en el semblante 

de mujeres preñadas? Ellos no lo notan en el torbellino 

de su regreso en sí. (¿Cómo habrían de notarlo?).

 

Los amantes, de entenderlo, podrían decir en el aire nocturno

insólitas cosas. Pues aparenta que todo 

nos disimula. Mira: los árboles son, y las casas 

que habitamos todavía están. Solo nosotros 

pasamos de largo como un trueque en el aire.

Y todo se confabula para disimularnos, mitad 

por vergüenza quizás y mitad por indecible esperanza.

 

A ustedes, amantes, que se bastan uno en el otro, 

les pregunto por nosotros. Ustedes se palpan. ¿Tienen pruebas?

Vean, a mí me sucede que mis manos se entrelazan 

y se comprenden o que mi gastada 

cara se refugia en ellas. Eso me regala un poco

de emoción. Por eso solo, sin embargo ¿quién pretendería ser

Ustedes, en cambio, que en el mutuo alborozo

se acrecientan hasta que el otro les ruega 

subyugado: ya no más—; ustedes que entre sus manos

crecen más abundosos, como años de vendimia;

ustedes que a veces se desvanecen solo porque uno 

abruma al otro: a ustedes les pregunto por nosotros. Yo sé

que se tocan tan dichosos porque la caricia permanece,

porque no se borra el lugar que ustedes, con su ternura 

cubren; porque debajo sienten el perdurar 

mismo. Y así se prometen casi que eternidad

del abrazo. Y, sin embargo, cuando sortean el sobresalto

de las primeras miradas y el ansia al lado de la ventana,

y el primer paseo juntos, una sola vez, por el jardín:

amantes, ¿aún siguen siéndolo? Cuando se alzan uno 

al otro, embocando los labios—: bebida a bebida:

ah, cómo entonces se evade extraño al acto el bebedor.

 

¿Acaso no les sorprendía en estelas áticas la cautela 

del gesto humano? ¿no parecían amor y adiós 

tan ingrávidos sobre los hombros, como si fueran hechos de otra 

materia que la nuestra? Recuerden las manos

como descansan casi sin tocar, aunque la fuerza resalte en los torsos.

Así, contenidos, ellos sabían: hasta aquí somos nosotros,

esto es lo nuestro, tocarnos así; con mayor fuerza

nos aprietan los dioses. Pero eso es cosa de los dioses.

 

Ojalá encontráramos un coto pura, comedida, estrechamente

humano, una franja nuestra de tierra fructífera

entre corriente y pedregal. Porque el propio corazón nos sigue excediendo

igual que a aquellos. Y ya no hay cómo mirarlo 

pasar en imágenes que lo sosieguen, ni en

cuerpos divinos en los que, más grandioso, se mesure.

 

 

Traducción  Atila Luis Karlovich

 

(Fuente: Otro páramo)



 

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