
UNA SOMBRA FRESCA DE GUADUALES
Una fresca sombra de guaduales
al pie un arroyo
no muy lejos un guamo partido
un zarzal frondos
un bolombolo de raíces bajo el agua
más allá pastan las vacas
papayuelas de flores amarillas
en la quebrada que pasa cerca
las garzas vienen a pescar
un polvillo que florece en marzo
uno que otro mosquito
serpientes amarillas
gurupéndolas, surtidores, maría-mulatas, gavilanes
olor a mangos de mayo
mojarras amarillas
serenatas de sapos y ranas en la noche
la luz lechosa de la luna en el valle
sólo hace falta una mujer
capaz de soportar toda esta calma.
EN LA MAÑANA
En la mañana
una rápida ojeada a las montañas:
han florecido los arrayanes.
La quema
ha dejado algunos árboles
del color del atardecer,
como labios de una mujer
que se resaltan en el rostro de la montaña.
JUNTO A LA QUEBRADA
A veces sólo quiero dejar pasar el Tiempo
tomarlo como un rayo de sol entre las manos
dejarlo ir sobre el agua de la quebrada.
Por eso voy, cada que puedo y, siempre puedo,
al monte, sin otro motivo más que el Tiempo
se vaya ingrávido, veloz, pacífico en el agua iluminada.
Salgo de mi pueblo cuando ya es mediodía
el sol posa sus encendidos ojos sobre mi casa
que es como una caja de fósforos
pequeña y pronta a encenderse.
Vengo al monte a escuchar el diálogo múltiple de los pájaros
a mojar mis pies cansados y heridos en la quebrada
fresca y transparente
a estar solo,
a estar solo con la vida tranquila del monte.
A veces me duermo y las hormigas trepan a mi cuerpo y lo llenan de caminos
cuando despierto tengo el rostro lleno de mariposas.
El monte junto a la quebrada es tranquilo y fresco
como enero es caluroso y de ojos irascibles
es perfecto para abandonar el pueblo y
mojar la piel y toda la ropa en el agua
purificadora de la Piscina.
Y allí me estoy, largas, tranquilas y apacibles horas
en la quebrada cuyas piedras son como esmeraldas
cuyo canto es acogedor y liberador.
Hasta que la tarde empieza a caer
el sol es devorado por la noche,
entonces llevo flores para mi Amada,
flores que adornen su pecho y su silencio.
QUÉ BIEN SE ESTÁ AQUÍ
Qué bien se está aquí
al amparo de la sombra de los jobos
sintiendo el agua cantar sobre las piedras
respirando el embriagante olor de los guásimos
el calor sofocante del sol
se pierde entre la humedad de la boca-toma
el peso del silencio hace crujir las hojas secas.
EN LO ADENTRADO DEL MONTE
En lo adentrado del monte
en la boca-toma
el fruto de los jobos, una ciruela agridulce,
cubre las piedras
su voluptuoso olor llena el aire
su color entre amarillo y bermellón
deleita la vista
caen con violencia en el agua
asustando a los peces
que después de un momento
regresan a comer de ellos
aquí, en lo adentrado del monte
los jobos se pudren
de nada sirve la hermosura
frente al paso del tiempo.
CANCIÓN DEL NO AMADO
Es la noche, la angustia, la agonía, la desolación.
Es un ángel torpe que se rompe las alas
al entrar al vagón.
Es la noche que me acoge en las calles
frente a un árbol negro, en tanto
al fondo una puta orina cerca de un caño
cuyas aguas hediondas corren como un tropel de ratas,
me resisto a creer que tales aguas
corren también en mis venas diminutas.
Ausente de ti
esta ciudad me muestra sus peores rostros.
Vagabundos malolientes que te amargan las calles y el clima,
con sus vestiduras putrefactas,
vagabundos sobre los que no puedo poner
mis botas limpias,
para romper sus costillas y
escucharlos gemir desde la oscuridad.
No lo soporto.
No quiero nada que me recuerde
ahora mi alma.
La noche me trae cuchillos, versos
versos de oscura longitud
que me acuchillan sin parar
por eso los demoro, los alargo a través del papel
como quién aplaza una puñalada
otras veces
los acorto
los quiero rápidos
busco que entren y
salgan
como relámpagos
en mi carne,
éstos cuchillos versos entran se pierden vagan en mí.
Ah, tengo versos vagabundos en mi alma
no lo soporto.
Es la noche, el éxtasis, tus besos, el vino tinto.
Soy yo asesinando los micos que trepan por tu cuello
Disputándome a besos ese terreno inhóspito
donde los menos peligrosos son ellos.
Me adentro hacia ti, hacia la noche
como quien cree que vence la selva espesa
como quien ignora que es la noche la que avanza.
CANCIÓN DE UN MONTAÑEZ
Yo nací en una montaña.
Me gustan las flores que crecen lejos de las manos de los Hombres
conozco la fuerza porque he pescado blanquillos.
Cuando llueve comprendo el idioma de los mirlos.
Hallo igual placer al besar un seno que al morder un mango
mi lascivia es insondable, crece como la hojarasca.
Yo nací en una montaña.
Soy polvo que camina, que sueña, polvo que busca el polvo.
Temo a los gestos de la noche
un Hombre no puede nada contra la noche.
En mi pecho anida un gallinazo
yo soy un poco así como un árbol de gallinazos.
La muerte no me teme.
Yo nací en una montaña.
Desciendo de los lobos y de los pinos
el mejor lugar para morir es un abismo
el mejor lugar para morir es una mujer
moriré en una montaña
la muerte es una exageración.
Yo nací en una montaña.
Montaraz. Medellín. Editorial Zarigüeya. 2018. Págs. 38, 43, 44-45, 48, 49, 116-117, 124-125.
(Fuente: La Mecánica Celeste)
No hay comentarios:
Publicar un comentario