miércoles, 14 de diciembre de 2022

Jony Albino Arenas (Colombia, 1991-2017)

 


Jony Albino Arenas

 

 

UNA SOMBRA FRESCA DE GUADUALES

 

Una fresca sombra de guaduales

al pie un arroyo

no muy lejos un guamo partido

un zarzal frondos

un bolombolo de raíces bajo el agua

más allá pastan las vacas

papayuelas de flores amarillas

en la quebrada que pasa cerca

las garzas vienen a pescar

un polvillo que florece en marzo

uno que otro mosquito

serpientes amarillas

gurupéndolas, surtidores, maría-mulatas, gavilanes

olor a mangos de mayo

mojarras amarillas

serenatas de sapos y ranas en la noche

la luz lechosa de la luna en el valle

sólo hace falta una mujer

capaz de soportar toda esta calma.

 

 

EN LA MAÑANA

 

En la mañana

una rápida ojeada a las montañas:

han florecido los arrayanes.

La quema

ha dejado algunos árboles

del color del atardecer,

como labios de una mujer

que se resaltan en el rostro de la montaña.

 

 

JUNTO A LA QUEBRADA

 

A veces sólo quiero dejar pasar el Tiempo

tomarlo como un rayo de sol entre las manos

dejarlo ir sobre el agua de la quebrada.

Por eso voy, cada que puedo y, siempre puedo,

al monte, sin otro motivo más que el Tiempo

se vaya ingrávido, veloz, pacífico en el agua iluminada.

Salgo de mi pueblo cuando ya es mediodía

el sol posa sus encendidos ojos sobre mi casa

que es como una caja de fósforos

pequeña y pronta a encenderse.

Vengo al monte a escuchar el diálogo múltiple de los pájaros

a mojar mis pies cansados y heridos en la quebrada

fresca y transparente

a estar solo,

a estar solo con la vida tranquila del monte.

A veces me duermo y las hormigas trepan a mi cuerpo y lo llenan de caminos

cuando despierto tengo el rostro lleno de mariposas.

El monte junto a la quebrada es tranquilo y fresco

como enero es caluroso y de ojos irascibles

es perfecto para abandonar el pueblo y

mojar la piel y toda la ropa en el agua

purificadora de la Piscina.

Y allí me estoy, largas, tranquilas y apacibles horas

en la quebrada cuyas piedras son como esmeraldas

cuyo canto es acogedor y liberador.

Hasta que la tarde empieza a caer

el sol es devorado por la noche,

entonces llevo flores para mi Amada,

flores que adornen su pecho y su silencio.

 

 

QUÉ BIEN SE ESTÁ AQUÍ

 

Qué bien se está aquí

al amparo de la sombra de los jobos

sintiendo el agua cantar sobre las piedras

respirando el embriagante olor de los guásimos

el calor sofocante del sol

se pierde entre la humedad de la boca-toma

el peso del silencio hace crujir las hojas secas.

 

 

EN LO ADENTRADO DEL MONTE

 

En lo adentrado del monte

en la boca-toma

el fruto de los jobos, una ciruela agridulce,

cubre las piedras

su voluptuoso olor llena el aire

su color entre amarillo y bermellón

deleita la vista

caen con violencia en el agua

asustando a los peces

que después de un momento

regresan a comer de ellos

aquí, en lo adentrado del monte

los jobos se pudren

de nada sirve la hermosura

frente al paso del tiempo.

 

 

CANCIÓN DEL NO AMADO

 

Es la noche, la angustia, la agonía, la desolación.

Es un ángel torpe que se rompe las alas

al entrar al vagón.

Es la noche que me acoge en las calles

frente a un árbol negro, en tanto

al fondo una puta orina cerca de un caño

cuyas aguas hediondas corren como un tropel de ratas,

me resisto a creer que tales aguas

corren también en mis venas diminutas.

Ausente de ti

esta ciudad me muestra sus peores rostros.

Vagabundos malolientes que te amargan las calles y el clima,

con sus vestiduras putrefactas,

vagabundos sobre los que no puedo poner

mis botas limpias,

para romper sus costillas y

escucharlos gemir desde la oscuridad.

No lo soporto.

No quiero nada que me recuerde

ahora mi alma.

La noche me trae cuchillos, versos

versos de oscura longitud

que me acuchillan sin parar

por eso los demoro, los alargo a través del papel

como quién aplaza una puñalada

otras veces

los acorto

los quiero rápidos

busco que entren y

salgan

como relámpagos

en mi carne,

éstos cuchillos versos entran se pierden vagan en mí.

Ah, tengo versos vagabundos en mi alma

no lo soporto.

Es la noche, el éxtasis, tus besos, el vino tinto.

Soy yo asesinando los micos que trepan por tu cuello

Disputándome a besos ese terreno inhóspito

donde los menos peligrosos son ellos.

Me adentro hacia ti, hacia la noche

como quien cree que vence la selva espesa

como quien ignora que es la noche la que avanza.

 

 

CANCIÓN DE UN MONTAÑEZ

 

Yo nací en una montaña.

Me gustan las flores que crecen lejos de las manos de los Hombres

conozco la fuerza porque he pescado blanquillos.

Cuando llueve comprendo el idioma de los mirlos.

Hallo igual placer al besar un seno que al morder un mango

mi lascivia es insondable, crece como la hojarasca.

Yo nací en una montaña.

Soy polvo que camina, que sueña, polvo que busca el polvo.

Temo a los gestos de la noche

un Hombre no puede nada contra la noche.

En mi pecho anida un gallinazo

yo soy un poco así como un árbol de gallinazos.

La muerte no me teme.

Yo nací en una montaña.

Desciendo de los lobos y de los pinos

el mejor lugar para morir es un abismo

el mejor lugar para morir es una mujer

moriré en una montaña

la muerte es una exageración.

Yo nací en una montaña.

 

 

Montaraz. Medellín. Editorial Zarigüeya. 2018. Págs. 38, 43, 44-45, 48, 49, 116-117, 124-125.

 

(Fuente: La Mecánica Celeste)

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