miércoles, 14 de diciembre de 2022

Héctor Giuliano (Piamonte, Italia, 1947)

 

 

Suave,
muy muelle,
ponía mi mano
en tu panza.
Entibiaba
ese frío
que nacía de adentro,
que rezumaba
algo
entre las finas
suturas
y los costurones
de afuera.
Fibroma, dijeron,
cambiaron la versión
tras la macro
y el estudio patológico.
"Otra cosa".
"Muy seria, casi grave",
"...que puede ser muy grave".
El horror del horno,
el cobalto
en ese recinto de plomo
y descarnados molares.
La palma en la panza.
El estupidísimo candor
del querer quedarnos,
de prolongar
el fértil cargamento
que la vida,
sin más,
desgana y apaga.
Odio
los pianitos
de películas navideñas,
el celofán
de leños en la estufa
y un vaso con licor,
los rostros llorosos,
y el pianito
ahogado en una nota,
el melodrama,
la halterofilia pasional,
su destino
de fáciles destierros,
y nada de nada.
Es más,
y ahora que atino
a releer,
no sé cómo escribiré
el próximo renglón.
"Recomendamos
estudios frecuentes,
análisis elegíacos,
biopsias en coacción
y circunstancia,
escurridos tejidos
y los rubores
de un tercero",
agrego
por decir algo.
Y mi manos
sobre el vientre
que le fuera arrancado
a la muchacha que reía,
la que bailaba ante un espejo,
la que ocultara
facas y chumbos
en aquella noche
filosa de muerte,
cascos, cueros,
jeeps con reflectores.
y lo que aquí
despojo
sólo es
aquello
que sobra del kitsch,
carreras de caballos
y el viejo borracho
tirado en una zanja,
no hay pelos de Ovidio
ni puertos nerudianos,
páncreas aéreos,
exteriores.
Esta desazón
que muerde los cabales
y la dulce mano
y el dulce regocijo
minutero
del desastre.
Y miro esto,
patas arriba,
desuello,
aburrida mariconería,
y no quiero poner
que lloro,
porque no lo haré,
así venga Butler Yeats
y su equilibrada
belleza de ramas trenzadas.
 
 
(Fuente: Meta Poesía)

 

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