domingo, 10 de enero de 2021

Joan Margarit (España, 1938)

 

 

Nada enaltece a un viejo

 

Ni esta violencia con la que deseo

tener razón.

Ni tampoco creer que la felicidad

tiene una relación sutil con la mentira.

Ni ser tan sucio

de corazón como los míos,

a pesar de que a ellos los ensució la guerra.

Mi paz debe ser una paz falsa.

Tampoco no abjurar de la lujuria

ni de la vanidad.

¿Como podemos ser vanidosos los viejos?

Esta es la derrota.

Un campo de batalla en el que estoy tirado.

Me rodean los muertos. Oscurece.

Puedo oír a lo lejos voces jóvenes

celebrando lo que hoy,

para ellos, aún es la victoria.

 

 

 

 

Dignidad

 

Si la desesperanza

tiene el poder de una certeza lógica,

y la envidia un horario tan secreto

como un tren militar,

estamos ya perdidos.

Me ahoga el castellano, aunque nunca lo odié.

Él no tiene la culpa de su fuerza

y menos todavía de mi debilidad.

El ayer fue una lengua bien trabada

para pensar, pactar, soñar,

que no habla nadie ya: un subconsciente

de pérdida y codicia

donde suenan bellísimas canciones.

El presente es la lengua de las calles,

maltratada y espuria, que se agarra

como hiedra a las ruinas de la historia.

La lengua en la que escribo.

También es una lengua bien trabada

para pensar, pactar. Para soñar.

Y las viejas canciones

se salvarán.


 

 

 

La espera 

 

Te están echando en falta tantas cosas.

Así llenan los días

instantes hechos de esperar tus manos,

de echar de menos tus pequeñas manos,

que cogieron las mías tantas veces.

Hemos de acostumbramos a tu ausencia.

Ya ha pasado un verano sin tus ojos

y el mar también habrá de acostumbrarse.

Tu calle, aún durante mucho tiempo,

esperará, delante de tu puerta,

con paciencia, tus pasos.

No se cansará nunca de esperar:

nadie sabe esperar como una calle.

Y a mí me colma esta voluntad

de que me toques y de que me mires,

de que me digas qué hago con mi vida,

mientras los días van, con lluvia o cielo azul,

organizando ya la soledad.

 

 

 

Libertad

 

Es la razón de nuestra vida,

dijimos, estudiantes soñadores.

La razón de los viejos, matizamos ahora,

su única y escéptica esperanza.

La libertad es un extraño viaje.

Son las plazas de toros con las sillas

sobre la arena en las primeras elecciones.

Es el peligro que, de madrugada,

nos acecha en el metro,

son los periódicos al fin de la jornada.

La libertad es hacer el amor en los parques.

Es el alba de un día de huelga general.

Es morir libre. Son las guerras médicas.

Las palabras República y Civil.

Un rey saliendo en tren hacia el exilio.

La libertad es una librería.

Ir indocumentado.

Las canciones prohibidas.

Una forma de amor, la libertad.

 

 

 

La muchacha del semáforo

 

Tienes la misma edad que yo tenía

cuando empezaba a soñar en encontrarte.

No sabía aún, igual que tú

no lo has aprendido aún, que algún día

el amor es esta arma cargada

de soledad y de melancolía

que ahora te está apuntando desde mis ojos.

Tú eres la muchacha que yo estuve buscando

durante tanto tiempo cuando aún no existías.

Y yo soy aquel hombre hacia el cual

querrás un día dirigir tus pasos.

Pero estaré entonces tan lejos de ti

como ahora tú de mí en este semáforo.

 

 

(Fuente: El Español.com)

 

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