La casa era todo.
Los cimientos, los hierros,
los ladrillos uno a uno,
puertas, ventanas,
lavadero,
cuestión de poner sus huevos,
la cucha del perro,
el columpio para los niños;
la juntadera de plata,
el ahorro,
el préstamo,
otro,
el banco, los intereses,
las comisiones,
los gastos administrativos,
las horas extras,
las changas,
que se devoraba la inflación,
el ajuste fiscal,
años tras años;
la grifería, el mármol de la cocina,
los cerámicos y revestimientos
en juego estético así o asá,
el cerramiento perimetral,
la amable galería
y luego el quincho para los amigos,
el horno de barro,
el disco y la bodeguita;
la alarma,
las entraderas,
el vecino de la esquina fusilado,
los asesinos inimputables,
burlescos, desafiantes,
y así el árbol sin cáscara.
Y en no cualquier día de octubre,
digamos para san Francisco,
como únicas novedades,
un rayo en el cielo nítido
y la repentina petrificación
de las nobles cepas del parral,
la casa que era todo,
se fue despoblando,
calladita y permanente.
Sobraban camas, cucharas,
ceniceros, el juego de café,
un libro de repostería,
el anillo verde traído de Misiones.
Pero,
algo se llevó un picaporte de bronce,
algo revolvió los modestos placares,
algo la escritura,
algo se cargó la tv y el sillón de la abuela,
y a ella también.
Y de arriba o de abajo
o del costado
o del agua que chorreaba
de las cañerías perforadas,
algo,
no me animo a escribir alguien,
con trapos y disfraces,
cauteloso y manotón,
deambula por ahí ofreciendo cosas,
con ese ridículo y ajustado traje
a la usanza itálica,
negro y renegrido,
plumón,
demasiado humano,
penitente.
- Inédito-
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