de "veinte poemas para ser leídos en el tranvía"
Ningún prejuicio más ridículo
que el prejuicio de lo SUBLIME
~
Paisaje Bretón
Douarnenez,
en un golpe de cubilete,
empantana
entre sus casas corrió dados,
un pedazo de mar,
con un olor a sexo que desmaya.
¡Barcas heridas, en seco, con las alas plegadas!
¡Tabernas que cantan con una voz de orangután!
Sobre los muelles,
mercurizados por la pesca,
marineros que se agarran de los brazos
para aprender a caminar,
y van a estrellarse
con un envión de ola
en las paredes;
mujeres salobres,
enyodadas,
de ojos acuáticos, de cabelleras de alga,
que repasan las redes colgadas de los techos
como velos nupciales.
El campanario de la iglesia,
es un escamoteo de prestidigitación,
saca de su campana
una bandada de palomas.
Mientras las viejecitas,
con sus gorritos de dormir,
entran a la nave
para emborracharse de oraciones,
y para que el silencio
deje de roer por un instante
las narices de piedra de los santos.
Douarnenez, julio, 1920.
~
Café-Concierto
Las notas del pistón describen trayectorias de cohete, vacilan en el aire, se apagan antes de darse contra el suelo.
Salen
unos ojos pantanosos, con mal olor, unos dientes podridos por el dulzor
de las romanzas, unas piernas que hacen humear el escenario.
La
mirada del público tiene más densidad y más calorías que cualquier
otra, es una mirada corrosiva que atraviesa las mallas y apergamina la
piel de las artistas.
Hay
un grupo de marineros encandilados ante el faro que un “maquereau”
tiene en el dedo meñique, una reunión de prostitutas con un relente a
puerto, un inglés que fabrica niebla con sus pupilas y su pipa.
La
camarera me trae, en una bandeja lunar, sus senos semidesnudos... unos
senos que me llevaría para calentarme los pies cuando me acueste.
El telón, al cerrarse, simula un telón entreabierto.
Brest, agosto, 1920.
~
Nocturno
Frescor
de los vidrios al apoyar la frente en la ventana. Luces trasnochadas
que al apagarse nos dejan todavía más solos. Telaraña que los alambres
tejen sobre las azoteas. Trote hueco de los jamelgos que pasan y nos
emocionan sin razón.
¿A
qué nos hace recordar el aullido de los gatos en celo, y cuál será la
intención de los papeles que se arrastran en los patios vacíos?
Hora
en que los muebles viejos aprovechan para sacarse las mentiras, y en
que las cañerías tienen gritos estrangulados, como si se asfixiaran
dentro de las paredes.
A
veces se piensa, al dar vuelta la llave de la electricidad, en el
espanto que sentirán las sombras, y quisiéramos avisarles para que
tuvieran tiempo de acurrucarse en los rincones. Y a veces las cruces de
los postes telefónicos, sobre las azoteas, tienen algo de siniestro y
uno quisiera rozarse a las paredes, como un gato o como un ladrón.
Noches
en las que desearíamos que nos pasaran la mano por el lomo, y en las
que súbitamente se comprende que no hay ternura comparable a la de
acariciar algo que duerme.
¡Silencio!
—grillo afónico que nos mete en el oído—. ¡Cantar de las canillas mal
cerradas! —único grillo que le conviene a la ciudad—.
Buenos Aires, noviembre, 1921.
~
Apunte callejero
En
la terraza de un café hay una familia gris. Pasan unos senos bizcos
buscando una sonrisa sobre las mesas. El ruido de los automóviles
destiñe las hojas de los árboles. En un quinto piso, alguien se
crucifica al abrir de par en par una ventana.
Pienso
en dónde guardaré los quioscos, los faroles, los transeúntes, que se me
entran por las pupilas. Me siento tan lleno que tengo miedo de
estallar... Necesitaría dejar algún lastre sobre la vereda...
Al llegar a una esquina, mi sombra se separa de mí, y de pronto, se arroja entre las ruedas de un tranvía.
~
Corso
*
La banda de música le chasquea el lomo
para que siga dando vueltas
cloroformado bajo los antifaces
con su olor a pomo y a sudor
y su voz falsa
y sus adioses de naufragio
y su cabellera desgreñada de largas tiras de papel
que los árboles le peinan al pasar
junto al cordón de la vereda
donde las gentes
le tiran pequeños salvavidas de todos los colores
mientras las chicas
se sacan los senos de las batas
para arrojárselos a las comparsas
que espiritualizan
en un suspiro de papel de seda
su cansancio de querer ser feliz
que apenas tiene fuerzas para llegar
a la altura de las bombitas de luz eléctrica.
Mar del Plata, febrero, 1921.
~
Biarritz
El casino sorbe las últimas gotas de crepúsculo.
Automóviles afónicos. Escaparates constelados de estrellas falsas. Mujeres que van a perder sus sonrisas al bacará.
Con la cara desteñida por el tapete, los “croupiers” ofician, los ojos bizcos de tanto ver pasar dinero.
¡Pupilas que se licuan al dar vuelta las cartas!
¡Collares de perlas que hunden un tarascón en las gargantas!
Hay
efebos barbilampiños que usan una bragueta en el trasero. Hombres con
baberos de porcelana. Un señor con un cuello que terminará por
estrangularlo. Unas tetas que saltarán de un momento a otro de un
escote, y lo arrollarán todo, como dos enormes bolas de billar.
Cuando la puerta se entreabre, entra un pedazo de “foxtrot”.
Biarritz, octubre, 1920.
~
Plaza
Los árboles filtran un ruido de ciudad.
Caminos
que se enrojecen al abrazar la rechonchez de los parterres. Idilios que
explican cualquiera negligencia culinaria. Hombres anestesiados de sol,
que no se sabe si se han muerto.
La vida aquí es urbana y es simple.
Sólo la complican:
Uno de esos hombres con bigotes de muñeco de cera, que enloquecen a las amas de cría y les ordeñan todo lo que han ganado con sus ubres.
El guardián con su bomba, que es un “Manneken-Pis”.
Una señora que hace gestos de semáforo a un vigilante, al sentir que sus mellizos se están estrangulando en su barriga.
Buenos Aires, diciembre, 1920.
(Fuente: La comparecencia infinita)


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