En mi país todas las cosas se van al mar
En mi país todas las cosas se van al mar.
La cafetera de mi abuela.
Las cafeteras con patas
que pintó Acosta de León.
Las llaves.
Los neumáticos.
Los viejos en sus bancos.
Pétreos.
Los pescados se van al mar.
No regresan nunca a la mesa.
Las puertas.
Las ventanas se van.
Se despiden.
Los kilos prietos crían sarro.
La caña es salobre.
Los niños echan escamas.
(Tómate una taza de café.
Escribe una Odisea.
Espabílate).
Prende una cafetera en otro mundo.
Melitta.
Café torrado e moído.
Extrafuerte.
Que no tomaste nunca.
Café con chícharo.
Café con borra.
Que como otro ahogado
también se va al fondo.
–
El momento más grave
La Habana es la ciudad del hambre,
la ciudad de los apetitos.
Voy a nacer en La Habana.
Voy a nadar cinco generaciones,
para llegar al vientre de mi madre, que sabe a sal.
La Habana es sol, es salobre, es salmuera.
Voy a llegar al Prado, para inmortalizarme con mi hermana,
en esa foto sepia, de cámara de cajón.
Voy a perder los pies caminando las calles de La Habana.
Me voy a arrastrar como el mutilado del parque de los héroes,
sin ninguna heroicidad.
Voy a ser joven y lustrosa como una moneda.
La Habana es la ciudad del churre,
del ron, de las columnas.
En La Habana me sacan los ojos y me los vuelvo a poner.
En La Habana me crucifico con vítores,
vuelvo a cargar los cubos de agua,
a bañarme en una palangana con sangre del cuarto de los gallos.
Cuando esté en París, voy a soñar con La Habana.
Cuando me muera,
voy a soñar con La Habana.
Cuando sea inmortal
y me agiten como un trapotendido al sol.
(Fuente: Buenos Aires poetry)
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