domingo, 27 de septiembre de 2026

Marin Sorescu (Bulzesti, Rumania, 1936-Bucarest, Rumania, 1996)

 

 

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NOS CONOCEMOS

 

Nos vimos un día
En la tierra,
Yo iba por un lado de ella
Tú por el otro.
 
Tú eras así y asá,
Oh, eras como todas las mujeres,
Fíjate cómo he retenido
Tu rostro.
 
Yo me emocioné
Y dije algo con la mano en el corazón,
Pero no había manera de que me escucharas.
Porque entre nosotros pasaban todo el tiempo
Automóviles y aguas y especialmente montes,
En fin, todo el globo.
 
Me miraste a los ojos
Pero, ¿qué podías ver?
En mi hemisferio
Se había hecho justamente la noche.
Extendiste la mano: diste con una nube.
Yo abracé los hombros de una hoja.
 
 
 
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ten “Poemas”, Visor, Madrid, 1981. Trad. del rumano, Omar Lara. En la imagen, Marin Sorescu (Bulzesti, Rumania, 1936-Bucarest, Rumania, 1996 /Romania Sociala
 

(Fuente: Jonio González) 

Waka Ayarwaskar (Bolivia)

 

 

 

MANIFIESTI CONTRA EL TIEMPO AXIAL Y EL PODER TRASCENDENTAL DEL CAPITALISMO IMPERIAL EN EL ANTROPOCENO 

 

 
 
Nosotras, las montañas que aún cantan.
Nosotros, los ríos que recuerdan.
Nosotras, las raíces, los vientos, los insectos, los fuegos, las voces no humanas ni humanas plenamente.
Los seres vinculados por redes de reciprocidad ancestral,
alzamos nuestra palabra frente a la mentira fundacional del tiempo axial,
ese relato que partió el mundo en “antes” y “después”,
y con ello nos robó la coexistencia.
Nombramos aquí el enemigo cosmopolítico:
una idea de tiempo trascendental que se despegó de la tierra para construir imperios,
para ordenar civilizaciones bajo la promesa de un más allá redentor o un porvenir de progreso.
Ese tiempo lineal que empieza con dioses patriarcales,
se seculariza en razón instrumental,
y culmina hoy en el capitalismo imperial del Antropoceno,
el régimen de la aceleración infinita y el saqueo de lo vivo.
El tiempo axial es una teología disfrazada de historia:
el tiempo de Zaratustra, de Confucio, de los profetas, de Sócrates y Buda.
Tiempo de ruptura y elevación.
Pero también, tiempo que corta, que jerarquiza,
que mata mundos relacionales y los reemplaza con abstracciones:
Alma sin cuerpo, razón sin tierra, humanidad sin humus.
Ese tiempo sirvió a los imperios.
Justificó cruzadas, colonizaciones, evangelizaciones,
y hoy sostiene el algoritmo financiero que convierte la vida en rendimiento,
los cuerpos en data, los bosques en créditos de carbono,
las montañas en territorios de inversión extractiva.
Contra ello,
reafirmamos el tiempo animista:
tiempo de los ciclos y de los vínculos,
tiempo que no se proyecta como flecha sino que espirala,
que vuelve para fecundar, no para repetir.
Tiempo situado en los cuerpos, en las estaciones, en los cantos de los pájaros,
en la memoria de las piedras, en la escucha de los ancestros.
Tiempo para volver a escuchar a los abuelos y abuelas,
que sabían hablar con los espíritus y sabían escucharlos.
Tiempo para que sus palabras y silencios nos enseñen a recordar la tierra con ternura,
sin imponerle dirección.
Porque el Antropoceno no es una era: es una trampa narrativa.
Nombrar “la humanidad” como agente único borra los nombres de quienes más destruyeron,
y de quienes aún resisten con el corazón en la tierra.
El Antropoceno es el rostro mudo del Capitaloceno,
la máscara geológica del capital.
Frente a ello, nos rebelamos:
No somos “Naturaleza” administrada.
No somos “recursos” renovables.
No somos “futuro sostenible” en términos del mismo sistema que nos devora.
Somos mundos plurales que se rehúsan a morir.
Somos huacas, apus, yaku mamakuna, nukanchik runa,
somos animismo persistente en cada grieta de la historia.
Somos continuidad de lo que intentaron extinguir:
la vida vivida como red de cuidados, ofrendas, escucha y afecto mutuo.
Proclamamos:
Que ningún tiempo justifica la subordinación de lo viviente.
Que ninguna trascendencia vale el sacrificio de la inmanencia.
Que la vida no necesita progreso, necesita presencia.
Que el colapso no es un fin, sino una oportunidad de reencantar el mundo desde sus raíces más antiguas.
Y que no volveremos a callar.

 

(Fuente: Waka Ayarwaskar - La Morada Sagrada de El Ajayu y las culturas) 

Abel Robino (Pergamino, Pcia. de Buenos Aires, 1952)

 

 

Poemas




Abel Robino

























 
Sobre el estilo del emperador Lucio Séptimo Severo


Admiro el estilo desprolijo y justo, Séptimo Severo,
con que desmantelaste tu corte y construiste un corral de gallinas.
Soy ése al que se le pega la envidia de tu ocurrencia
por bautizar a tus plumíferas criaturas con el nombre de unos malos gobernantes.
Reverencio esa técnica de traqueotomía a la retórica asmática
en semejante suspiro de parodia.
Me pregunto cómo hacer para copiarte esas largas  
meditaciones desengañadas, haciendo siesta sobre tus laureles.
Juro que he intentado parodiar aquel discurso que te achacan cuando la invasión
de los bárbaros era un hecho. 
Si los bárbaros admiran tanto nuestros automóviles, tanto desean a nuestras
mujeres siliconadas y tanto babean por nuestro confort,
¿hasta dónde puede decirse que sean  bárbaros?
(Les hemos inoculado la peste más exquisita: la civilización.)
Celebro tu desvergüenza, Séptimo Severo,
cuando calmaste a tu séquito chillón con un ademán hueco en el aire, ofreciendo
un banquete en un puñado de maíz 
y, sobre todo,  porque nunca negaste los orígenes:
un recogimiento desencantado entre la lucidez y la vagancia. 
 


Simulación de paisaje con flores  
In memoriam Delfina Gil Soria    

Hay momentos en los cuales se debería contener la respiración                        
para saber de qué aguante valedero estamos hechos ante un sacrificio.
Supe de una mujer que dominaba el acto visceral     
de engullirse el aire de su jardín y con esa atmósfera
enrarecida de flores, lo soportaba todo, consumiendo gran parte
de sus reservas sentimentales.
(También se respira cuando no se respira, dice el deseo.)
Trababa el diafragma y a fuerza de pura gimnasia inhaladora
se atascaba de tallos, brotes y de los fofos verdines de las plantas.
Me enteré de su muerte porque aquella mañana desperté
con el cuerpo encorsetado de ronchas.
Desde una gelatinosa imaginación de mal dormido
comprobé que las almas suelen mugir a su manera
y, a falta de un mayor emblema,
la mía acercaba esta urticante y cómica ofrenda
para que ella no dejase de reír desde la otra orilla
viendo algo semejante a anémonas silvestres
sobre una carne casual.


 


Abel Robino nació en Pergamino, Provincia de Buenos Aires, el 7 de octubre de 1952. Es poeta y artista plástico. Estudió en la Facultad de Bellas Artes de La Plata. En esta ciudad fundó en 1977 el Grupo Literario Latencia. Es Master en Artes Plásticas. Desde 1982 reside en Francia. Publicó los siguientes libros de poesía: Obsesión (1978); Las especies de la noche (l982); El estado de la quietud (1986); Hiel por hiel (1997); Poemas (2004) y Burundanga (2013). Como artista plástico ha expuesto en varios países de América, Europa y Asia, entre ellos: Argentina, Brasil, Cuba, Francia, Bélgica, Alemania, Suecia y China (Beijing y Shangai). Su poesía es reveladora de la más cruda realidad y se halla atravesada por el doble exilio que implica estar en el mundo y vivir lejos de la propia tierra. El desarraigo y la orfandad, derivados de esa situación, constituyen el trasfondo de su creación más reciente. Robino mira el mundo y se mira a sí mismo de manera irónica y descarnada, sin piedad ni autoconmiseración, pero también sin reproches. Para Osvaldo Picardo, la suya es “una voz bestial que se sabe traicionada por su propia sombra proyectada sobre la hoja de la poesía”.

 

(Fuente: alpialdelapalabra.blogspot.com) 

Li Suo 里所 (China, 1986)

 

 

 

Imagen de El bien, de Li Suo - Zenda 

 
 
 
Recuerdo las hojas de una planta
abiertas como la palma de una mano
nueve dedos en cada una de ellas
intenté recordar su nombre
casi perdí la cabeza en el esfuerzo
de pronto vino a mí su nombre
que dije en voz alta:
“tártago, tártago”
 
recuerdo lo que él me dijo
deseaba deslizarse por mi vagina
habitar en mi útero
que me preñara con él en mi vientre
para luego darle vida
y amarle como sólo se ama a un hijo
eterna e incondicionalmente
 
recuerdo que cambié de tema
murmuré un zumbido con mis labios
como si estuviera masticando un puñado de semillas
“tártago, tártago”
 
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Gotas de escarcha tintinean al caer
no he lavado la sal que aún empapa mi rostro
me acosté temprano al lado de mi lámpara de cabecera
aquella escena salvaje y demoledora se disipa, lentamente criamos bestias salvajes,
pero nos suavizamos
luego te hundes sin fuerzas en la silla
y lees un párrafo de tu diario del día
 
este es un mundo perfecto,
porque aún podemos
atacarnos el uno al otro
qué contradicción más complicada: nuestro espíritu
no se ha fundido, con nuestros cuerpos
 
la buscamos incesantemente
corola colmada, líquido que se evapora
en esta noche de escarcha
ya no puedo ofrecerte mi sexo, para salvarte.



(Fuente: En Amor Arte)
 

Yuriy Serebriansky (Kazajistán, nacido en Polonia, 1975)

 

 

"Péndulo"

 

 


 
 
 
No es difícil
cortar la piel
intervenir en un quirófano ha de ser una destreza de ebrio
muy bien, cariño, sígueme
de vuelta a la alcoba
donde tumbados en la cama
contemplamos nuestro árbol...
si tuviera un anillo de bodas
dejarían que ahogara
mis dedos ahora
tan finos que le harían daño
al redoble interior de aquel músico moreno
dejarían que cortaran en dos partes la tarta
hermosa felicidad desmedida
igual a un dúo de ukeleles
 
 

Yuriy Serebriansky, incluido en Altazor. Revista electrónica de literatura (1ª época, año 4, marzo 2023, Chile, trad. de Khédija Gadhoum).


(Fuente: Asamblea de palabras)

 

Mattheu Dickman (Portland, Oregon, EEUU, 1975)

 

 

 

Elegía para un pez dorado

 

No me acuerdo de cuándo fue
que mi hermano y yo decidimos matarte, pececito
sin cardumen, brillante y feliz en el fondo,
que te deslizabas por las puertas
de tu castillo falso. Creo que fue en invierno. Parte de nosotros
percibía la muerte en el ambiente, las hojas
quemadas y las ardillas hambrientas
adentro de los robles, el cielo
que golpeaba sus nubes contra el cenicero de la ciudad.
Y puede que haya sido yo
el primero en agarrarte, el que
te persiguió por la pecera limpia de tu vida
y te metió en el ascensor
sofocante de nosotros. Y quisiera decir que fue mi hermano
quien te tiró contra la pared
como un marido borracho, tus escasos centímetros de luciérnaga
patinando contra el empapelado
de jardín inglés, y que fui yo el que levantó la pata
como un perro, yo el que con mi pie descalzo
aplastó tu casi nada de costillas
y te sintió explotar como un granito. Eso es algo
que me va acompañar por siempre. Esa rabia tamaño
caramelo de Halloween, esa pastilla para la tos
de maldad. Y tu muerte, sólo
el comienzo, la autopsia de esa naranja machucada
nos hizo pensar en mandarinas, naranjas de ombligo, de pulpa roja, persas
y las dulce naranjas de Valencia. Y cuando nuestra hermana,
que debe haber pensado en vos todo el día,
volvió a casa y encontró vacía
la pecera, nos miró, a mi hermano y a mí,
me acuerdo que empezamos a reírnos. Y después
quizá haya sido yo,
aunque también tal vez haya sido él, al que se le ocurrió la idea
de abrir la lata de mandarinas, el que sacó
uno de esos cadáveres color naranja del almíbar, y le tiró
ese nuevo pececito artificial mientras la perseguía por la casa
al grito de ¡Comételo! Comételo!,
pero fui yo el que la agarró en su cama
y él quien le abrió
la boca de prepo, y yo el que le metió
la fruta pegajosa en la garganta
como un pie ensangrentado
en una media. Hacía apenas unas hora que ya no estabas
y sin embargo el cielo, afuera,
se puso negro y rojo, el árbol del jardín se sacudió de un lado
a otro hasta que se le quebró la columna
vertebral, y mi hermana menor, tu único amor, estaba toda blanca
y latiendo como el neón
en un hospital, los ojos
dados vuelta en el acuario de su cabeza 
por un instante, y en todos los países
innumerables muertes, pero ninguna tan importante
como la tuya, Cristo diminuto, máquina de esperanza, mártir de los chicos y las chicas. 
 
 
Traducción de Ezequiel Zaidenwerg Dib 
 

Matthew Dickman | The Poetry Foundation

 

sábado, 26 de septiembre de 2026

Aimé Cesaire (Montevideo, 1963 - 1999)

 

 

 

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SOY YO, TERROR, SOY YO

 

Los sueños secos varados están al ras de los estuarios de los ríos
formidables montones de huesos mudos
esperanzas demasiado rápidas gatean escrupulosamente
en serpientes domesticadas
no nos vamos nunca nos iremos
por mi parte en la isla dejé de ser fiel
de pie como el sacerdote Jehan un poco de lado sobre el mar
y esculpido a la altura del hocico de las olas y del zurullo
de los pájaros
cosas cosas a ustedes doy
mi cara loca de violencia desgarrada en lo más profundo
del torbellino
mi rostro tierno de mangos frágiles donde se abrigan las linfas
soy yo mismo terror soy yo mismo
el hermano de este volcán que acierta sin decir palabra
reflexiona sobre no sé qué certeza
y también sobre el paso para las aves del viento
que a menudo se quedan despiertas durante una temporada
eres tú misma dulzura eres tú misma
atravesada por la espada eterna
y todo el día continúas
marcada con el hierro al rojo vivo de las cosas hundidas
y del sol de nuevo recordado
.....

por Víctor Coral (Lab de Poesía)
 

(Fuente: Daniel Freidemberg)