Tao del cuarentón que lava los platos con detenimiento (¿Cómo sostener las tacitas que quieren huir de nosotros mientras gritan “Adiós”?)
Tao del cuarentón que lava los platos con detenimiento
(¿Cómo sostener las tacitas que quieren huir de nosotros mientras gritan “Adiós”?)
I
lavo los platos y observo —sobre una calle imaginaria—
una estación de metro recién inaugurada
(mientras cualquier recuerdo tiene la forma de una nevera descompuesta).
Como el hombre que posa en una foto de finales del siglo XIX
mientras un grupo de aristócratas discute y alza unos trofeos platinados,
mi papel —en esta broma con títeres adultos— ha sido concluido.
(La vida como ese comentario al pie de la fotografía de una hilera de cráneos).
Y ahora que sostengo una taza de vidrio —barata— entre mis dedos,
yo, cocinero amateur, adicto al pan, las píldoras y el cielo frío,
¿qué aprendí de la vida? Quizás poco, pero:
a) es fácil amar/
lo que no puede consolarte/
y brilla como un globo aerostático/
sobre campos lejanos;
b) es fácil destruir/
lo que no te mantiene prisionero;
c) yo vendo cosas que un día fueron —para mí—/
sagradas, excepto una vaca de cerámica/
que yo pinté y muge/
(en un idioma que una vaca real/
jamás comprendería).
Siempre supe a la distancia que, en cualquier dirección,
todo es una muñeca de trapo, remendada y caída, que ha puesto huevos rojos,
que habla de cielos y ciudades que no verá jamás.
II
Hoy, 7 de julio, llueve con persistencia y mis ojos permiten
que los muros me juzguen. Yo camino por calles que he visto muchas veces,
donde quise aprender sobre la vida (y sus negocios). Y no pude.
Hoy, por ejemplo, la tierra es negra bajo el cemento y los árboles;
ellos crecen y meditan su experiencia de ser, sin decirnos.
(Junto a una construcción en el centro financiero, por ejemplo).
Yo pienso en raíces enredadas, ramas como nervios, huesos
y, muy cerca de ellos, un carretón de helados
junto a un foco que se balancea, tintineante, bajo un rótulo.
O puede tratarse de otra cosa. Chopos como fantasmas
que vibran entre avenidas y semáforos cuando tratan de habitarnos,
cuando tratan de contarnos los chismes del futuro.
Miro el suelo, observo mis zapatos y busco las cosas que jamás poseí:
las estrellas son paraísos fiscales o fueron embargadas.
Cuando vuelvo a mi casa y me recuesto para mirar el techo,
hay un cerdo que cuelga de una soga y que parece mirarme (¿lo imagino?).
Así, el cielo no es un pigmento azul sino cada colina
que alguien sube a lo largo del día. No escucho mis latidos,
no sigo el flujo de mi sangre en los ascensores que descienden:
como cierta energía en busca de su forma perdida. Allí, la claridad
ordena las canciones viejas de una angustia invisible. Y el caos,
un corazón de topo en una bolsa plástica
que alguien arroja en un bote de basura
de cualquier parque de una ciudad vacía.
III
a)
Un mundo sin habitantes, un mundo/ como un desierto vertical y amoblado,
donde todavía no estamos vivos/ con nuestras ojeras y sueños,
como un rascacielos que/ todavía no ha sido concluido,
armado de habitaciones blancas/ de niños solamente pintados,
como una colmena de seres/ que todavía no vienen,
como un grupo de reses/ que huyen por los pastizales,
como un campo de guerra/ recientemente liberado,
como una superficie limpia/ en un laboratorio experimental,
como la sangre que huye del ciervo/ tras la certeza de un disparo,
como un tractor que alguien ve/ mientras viaja en bicicleta,
como un músico sin nombre/ con la muerte en la guitarra y la vida en los ojos,
como una galaxia fría bajo el pecho/
del niño cruel que ha matado una tórtola y, enseguida, sonríe.
b)
He dibujado líneas sobre los cuadernos de líneas
(que puse en un cajón). Las dibujé para ti
que no existes, que no esperas el mundo,
que no esperas por mí. No habita el corazón
que fluye: inexplicable de todos modos
es el cubo con crayolas negras en la mano de la niña
que habla de la muerte. Como un paisaje, como un país
que nace cuando ha muerto, que prospera
cuando ha desaparecido para siempre.
Después de todo, la vida era un cuchillo afilado,
curvo y un perro que morirá pronto. Y quizás
todo aquí morirá pronto. Yo tuve que regresar a casa
para saber que no era yo el que volvía.
Y que mi casa era yo derrumbado por dentro de cada cosa
que tocaba. Las historias que nos rompían
son las personas rotas, son las personas que un día
te rompieron y, luego, la única manera manera
de romperse fue romper a alguien más. No hay salida
ni escape al daño que nos produjo estar vivos. Dañar
o ser dañado. O no vivir. O algo cercano a no vivir
que es dañar mientras nos dañan, amar mientras el mundo
que somos no es el mundo que somos sino la luz incandescente
de un auto lujoso que está cerca de impactarnos
o de llevarnos a un carnaval de películas mudas
o a bailar con la vieja y tonta locomotora del pecho.
c)
Entonces veo la casa de muñecas de mi hija.
Artesanal. Improvisada. Una casa vertical y rosa
decorada con papel adhesivo. Pegatinas ilustran una sala,
un comedor. Duchas pequeñitas bañan imaginariamente
a las barbies. Las barbies dicen “tengo miedo, papá”.
(Nota: “Las barbies no tienen padre”). Las barbies
caminan imaginariamente, entre pedazos de galleta
y cabezas de señor patata y jamás soñarán con ser humanas,
pero dicen “papá”. El sol imaginario trabaja por dentro
de las plantas de plástico y las hace brillar como estrellas.
Mi hija cuenta: “ella cena su bocadillo/ella es Rocanrol”.
¿Quién? ¿Cuánto cuestan las muñecas? ¿Un dólar? ¿Diez?
Mi hija hace sagas de letras y pone su corazón en las botellas
plásticas de la cocina. El cielo es un techo de hormigón
y las nubes no existen. Todo está cerca porque todo está
lejos. Ojalá la realidad no nos programe
hasta el punto de olvidar que estamos programados.
Lo mejor ahora, te lo digo, es que regrese el flujo de agua
hacia las tuberías y, luego, hacia los ríos y los páramos
para que todo lo que se derrumba sea este jenga de palabras
que no pudimos sostener, adentro de las cuales
—cobardemente— un día
—quién sabe para qué— nos escondimos.
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