domingo, 16 de abril de 2023

José Sbarra (Buenos Aires, 1950 - 1996)

 


EL LAMENTO DE LOS SOBREVIVIENTES

 

 
Esta tristeza que nos llega con la tarde
ya es moneda corriente, viene desde lejos
(quizás desde nuestra infancia)
a recordarnos que somos los elegidos para
quienes fue reservado el dolor de las horas.
¿Qué haremos con los inviernos que restan?
Con nuestra piel arrugada
y los ojos vidriosos,
con las lágrimas que rodarán
por las solapas gastadas,
con el frío de la vida que se alarga
como las sombras de la tarde.
¿Qué haremos que no sea parir dolor?
¿Engendrar monstruos perseguidores
de nuestra propia hipocresía?
¿Qué haremos con estas vigilias
interminables e infecundas,
con nuestros sueños hartos de derrotas?
¿Qué haremos
con los hijos que no tuvimos?
¿A dónde iremos a dar
con nuestra sangre sucia?
¿Habrá algún sitio para los solitarios,
para los que no compusimos sinfonías,
para los que no supimos
hacer estallar en colores nuestra tristeza?
Para los que no hicimos concesiones,
para los empecinados,
para los que pretendimos el todo,
la libertad absoluta y nos quedamos
con el ardor de la nada.
¿Habrá piedad para los que jugamos
a cara o ceca y perdimos?
¿A dónde iremos los que olvidamos
sonreír en el momento necesario;
los que no supimos retroceder
cuando retroceder significaba avanzar?
¿Dónde acabaremos
los que nuca fuimos inocentes?
¿Quién se apiadará
de los desesperanzados
cuando todo haya concluido
y hoy mismo y esta misma tarde
y en este tedioso instante
quien golpeará la puerta para traer algo
que no sea indiferencia,
desprecio por nosotros,
asco de nuestras caras o la boleta del gas?
¿En qué infierno acabaremos
los equivocados,
los que no fuimos genios,
los que no fuimos dioses,
los que sobrevivimos de prestado,
que conocimos la luz y nos detuvimos
a jugar con las sombras?
¿Qué será de los vencidos ilesos?
¿Qué será de los fracasados,
de los que no recibimos
una bofetada a tiempo o la tuvimos,
pero nadie se acercó a consolarnos?
¿Habrá un sol, una playa,
un mar, un cielo nuevo
para los desertores del rebaño
que nos estrellamos
las narices contra las piedras,
pero no nos atrevimos a regresar?
¿Qué será de los que lloramos a escondidas?
¿Habrá algún premio para los que quisimos
volar más alto y no triunfamos?
(pero nos defendimos a gritos
cuando dijeron que era soberbia).
¿Viviremos mucho tiempo más
intercambiando caretas
con nuestros fantasmas?
¿Habrá piedad
para los que escuchamos a todos
y no entendimos a nadie;
para los que la soledad
no nos dio un jaque de muerte
ni el amor nos dio un golpe de vida?
¿Qué haremos
con este silencio insultante,
con los espejos injuriosos?
¿Y qué haremos con los soles nuevos?
¿Continuaremos interponiendo
las persianas atávicas?
¿Habrá ternura para los desarraigados,
para quienes el futuro es
una palabra sin sentido,
para los que descubrieron con espanto
que el amor es lo mejor pero no alcanza?
¿Quién nos mirará con ojos que
no sean de misericordia o benevolencia?
¿Qué haremos con nuestros
amaneceres abúlicos?
¿No cesaremos nunca
de dejarnos caer de la cama,
de quedarnos acostados en el piso,
enredados aún en las sábanas,
mirando puntos en el techo,
recitando poemas atribulados,
cantando sambas tristes como “la añera”?
¿Seguiremos asomándonos a la ventana,
contando personas de a dos en dos,
mirando paraguas los días de lluvia?
¿Hasta cuándo viviremos parapetados
en los rincones oscuros, con la soledad
como una enfermedad contagiosa?
¿Hasta cuándo nos aferraremos
a las tinieblas como arañas?
¿Habrá algún sitio
para los que no fuimos escuchados,
para los que no supimos gritar,
para los que no tuvimos la respuesta
del eco en la montaña de los hombres?
¿A qué sitio iremos a dar
con nuestros pocos dientes
y nuestros pocos pelos
que no sea de podredumbre y silencio?
Tanta sangre enloquecida y caliente,
tantos sueños, tanto pudor innecesario,
tanto error y después tanto arrepentimiento
para ser cenizas, barro inútil, cauces desolados,
ahítos de piedras y de olvido.
(¿O tendrá mejores matices
la muerte de los muertos?)
Tantos deseos de partir,
de abandonar esta casa,
de dejar esta suerte, de dejarse a uno mismo…
¿Cuándo gritaremos ese ¡ahora!, ¡ahora!, ¡ahora!
hasta que se descuelguen
los retratos de todos los museos,
hasta derribar esta casa,
hasta sepultar nuestros espectros,
hasta apostatar
de este despiadado ocultamiento?
¡Cuántas palabras más encerradas
que nosotros mismos!
cuántas caricias puras dentro de la piel,
cuantos sonidos de amor en silencio,
(cómo ensucia al sentimiento el acto)
cuanto daño padecido
(cómo defrauda a la intención el gesto)
y cuanto nos queda por padecer todavía.
¿Cómo recuperaremos el tiempo
que se nos fue esperando?
¿Cómo responderemos ahora
a todo aquello que no respondimos?
¿Qué ilusión podrá resistir
a nuestro cansancio?
¿Qué respuestas encontraremos
en las paredes?
¿Qué plegaria rezar que no contenga mentiras?
¿Qué sueño soñaremos
los que nos nutrimos de letargos?
¿Qué canción entonaremos que no evoque
los deseos irrealizables, los intentos fútiles?
¿Ante qué Dios nos arrodillaremos
los que no aprendimos a rendir pleitesía?
¿Hasta cuándo soportaremos los relojes
que marcan y fustigan los rostros,
las horas de mármol y acero?
Los sobrevivientes estamos condenados
a respirar entre los muertos,
a tocarlos con nuestras sombras innocuas.
En esta casa muda
¿Qué móvil existirá que nos des-pierte?
Ya acostumbrados a esperar el porvenir
y siempre desesperando en cada instante.
Apoyados en los alféizares,
con los ojos irritados,
con las manos mortecinas,
mirando octubres o eneros en la calle.
Y los jóvenes, la belleza, los niños,
los frutos, el amor afuera…
¿De qué simiente surgimos
los infinitamente deshabitados?
¿Qué oráculo inexorable
predijo nuestro desierto?
¿En qué juego de la infancia
apostamos la inocencia?
¿En qué rayuela perdimos la esperanza
y en que escondida aprendimos a sufrir?
Para los sobrevivientes
no hay presencia concreta
que sirva de compañía, apenas
y a veces hay estériles vanaglorias de arte
a simulaciones de locura
envasable y vendible.
El triunfo nos destruye
(quizás la verdad en estado puro
se halle únicamente
en la desolación y el fracaso).
Un sobreviviente para otro
es siempre un espejismo.
 
 
 
OBSESIÓN DE VIVIR, JOSÉ SBARRA
 
(Fuente: Rolo Martínez)



 

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