Un Jekyll entre los frutales
Vamos a suponer que nos hacen falta las máscaras, dijo
el animador de la velada...
¿Qué querríamos ocultar?
¿Aquella risa de naranjos o la más amarga pero brillante de
los limones,
y su amargo corazón recubierto de amarillo,
o el dulce del higo, el dulce del níspero?
Los frutales impregnaron nuestra boca,
nuestras papilas y nuestra infancia.
Y aun hoy los frutales, incluidos los cítricos con su astringencia,
redimen nuestras voces de vez en cuando.
Sé que hablo en plural y ustedes me ven como uno,
y esa es nuestra máscara, porque somos
legión y ya no somos uno midiendo las cuadras de un suburbio,
huyendo
de los perros, especialmente los negros,
amigo de los gatos, admirador de los techos y los árboles,
hasta que Jekyll abandonó al mal bicho de Hyde
en algún baldío en el que el alma mala penó, vagó entre
pilas de inmundicia, pero encontró la salida.
Hyde usó múltiples máscaras para sobrevivir, porque
se sentía un océano de millones
-peces en jaulas submarinas,
hombres huyendo como hormigas bajo
las ráfagas de metralla de los helicópteros-.
Y la máscara más segura de Hyde fue el propio Jekyll,
el cuerpo de aquel que a su vez sintió su hueco, un vacío
en el pecho, y vio el alma elevarse como entre arcos de piedra,
ruinas de antiguas parroquias, y en el cuerpo, en las venas,
sintió los sabores mixtos, barriales, salvajes, de aquellos
frutos queridos,
asombrosos y cercanos, como un milagro con el que se convive
sin comprenderlo, sin desgastarlo.
(Fuente: Ricardo Ruiz)
No hay comentarios:
Publicar un comentario