domingo, 9 de abril de 2023

Estela Figueroa (Argentina, 1946 - 2022)

 


 
No es para hablar de mí que escribo
de la glicina: cayó
su lluvia ligera
azul–
violácea–
celeste.
 
No es para hablar de la glicina
que la comparo con una lluvia
y adjetivo esa lluvia.
 
Es para detener este momento nocturno:
la casa en calma
y los pensamientos que ennoblecidos velan
por un ordenamiento
que lo abarque todo.
 
 
 

«Ciudad, amada, cándida…» 

 

La ciudad está llena de ciegos mendigos
de niños mendigos
de mujeres mendigas con sus bebés en brazos (el brazo
que no extienden para pedir).
 
Los bares de la ciudad están desolados.
Los negocios quiebran, ofertan, liquidan.
Comemos lo más barato y así vestimos.
Nosotros
los que no pedimos limosna ni la damos.
 
La obsesión de sobrevivir cubre nuestros días.
Con ella vamos a lo largo de las calles incendiadas de sol.
 
 

Verano de 1981.

Calles donde sólo las flores
delicadas y de vivos colores
–todas perfumes y talco–
asomadas a los balcones
nos espían.
 
 
(Fuente: Cecilia Pontorno)

 

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