sábado, 8 de abril de 2023

Carlos Guimeráns

 

En la quinta de General Pringles se perdió un hombre, y poco después un perro canelo. 
 

Desaparecido al girar la calle.
Presa del vértigo.
Sin saber quién podría girar en sentido contrario a la vez.
U ocupar su nuevo estado al encontrarse. 
 
Perderse por un giro de noventa grados.
Uno, no se imagina al perderse en una esquina. En panza de ballena. O en un triángulo abierto.
No se imagina en un otro, sin cara.
En un mundo sin gravedad.
En otra postura.
Ni se imagina.
 
Vi la bicicleta del señor Juan, el tendero de mi barrio. Iba cada día a un lugar, siempre al mismo. O eso parecía.
La bicicleta era antigua. Él era viejo y distinto. No hablaba y todo le costaba. Excepto sonreír.
Yo quise subir a esa bici. O entrar en ella.
Cada día me subo a mi bicicleta y no dejo de pensar en él. Ahora sé que esa bicicleta es y fue siempre una. Y yo soy Juan, el tendero. Sin saberlo.
Desde lejos veo la sonrisa entre la bruma de la humedad y el sol en una calle tan larga, que llega a esa tienda, a mi casa…

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