OÍR Y NO ESCUCHAR
Oía los poemas pero no estaba,
en eso no estar, no ponía oreja;
solamente oía aquella voz
como borracho.
Lo llamemos Ignacio, e Ignacio,
más allá de los poemas,
con ojos entrecerrados y sonrisa de bobo
entendía de aquella mujer sólo los cabellos,
sus hombros desnudos, la voz cálida,
la mano que marcaba el ritmo de los versos.
Y la crueldad, ¡ah!, la crueldad.
En la ventana un dejo de sol, montañas lejos;
un temblor en los árboles que iba y venía.
Por todo eso
la madre de Ignacio lloraba en otra parte,
lloraba por saberlo a su hijo en un desierto,
perdido, lastimado, oyendo poemas,
fascinado por lo inalcanzable.
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de "Jugado" (1993) en "Poesía completa", Javier Cófreces, ed., Ediciones En Danza, Buenos Aires, 2011.
(Fuente: Jonio González)
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