Abrir un libro y leer, en la primera página, que todos los pájaros se han ido.
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De noche, el viento se detiene. Un perro que ladra inventa el desierto.
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Se trata de la misma soledad: las hojas golpeando en la pared, la caída de la nieve sobre lo que se creía perdido.
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No se puede escribir una carta con las puertas abiertas. Todos entran y salen como si de eso se tratara la vida.
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No sé si alma o cuerpo, pero algo duele. Los gorriones, que juegan en el techo de mi casa, saben que la muerte viene y desordena todo.
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De pronto se detiene el viento y paseamos por nuestra bahía. Aún no le hemos puesto nombre, pero sabemos que es nuestra. Lo dice la noche.
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Algunos instantes se quedaron conmigo toda la vida. Porque la eternidad no es más que un vicio, luz que se enciende de a ratos.
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Me detengo en medio del desierto y miro el cielo a través de la lluvia. Aunque me vaya, esas nubes seguirán ahí.
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Casi no he conocido a mi padre, pero siempre lo he extrañado. Su ausencia es un niño sin alas: dibuja un pájaro.
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Algún día han de florecer las palabras que planté una mañana de abril. La sombra del álamo es tan fuerte como el mismo álamo.
En álamos cantan en el viento
(Fuente: Cesar Cantoni)
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