lunes, 6 de septiembre de 2021

Armando Rubio Huidobro (Chile, 1955 - 1980)

 

 


LAS NUBES

 

Niño,
las nubes no son de algodón;
las nubes son
el bostezo de Dios.
Niño,
las nubes no son un adorno;
las nubes
son un estorbo:
no nos dejan ver a Dios.
 
 
 

DISTANCIA

 

Indiferencia del mundo
y de las cosas
hacia mí;
indiferencia mía
hacia el mundo y las cosas:
mutua correspondencia.
Transito
y caigo de pie.
La misma puerta
entreabierta
en un desierto
marchito de sol.
La gaviota extraviada
en un espejismo de mar,
abre sus alas, yerta,
sobre el vacío de las cosas.
 
 
 

BIOGRAFÍA ANÓNIMA

 

Soy un oscuro ciudadano
abandonado en medio
de las calles
por el cuchillo sin pan
de mediodía, despojado
y marchito como el reloj
de las iglesias,
sin otro oficio que vagar
entre disfraces.
Soy el familiar venido a menos,
enraizado a las tabernas
y a la complicidad del bandolero.
Mi voz naufraga en los cristales
de las tiendas, y he perdido
la vista en los periódicos,
pero tengo los pies bien puestos sobre la tierra y una almohada
que vuela por los hospitales
y por los dormitorios del oscuro hogar de nadie.
Tengo una celda amable
en las comisarías, y suelo bailar
a hurtadillas bajo la noche
con mi camisa blanca
y mi corbata deshojada.
Soy un oscuro ciudadano
extraviado por el mundo:
voy cogiendo colillas
de cigarros, y canto
en los tranvías,
y me peino hacia atrás, valientemente,
para mostrar mi noble frente anónima en los baños públicos
y en los circos de mi barrio.
Soy un oscuro habitante;
no soy nadie;
en nada me distingo de algún
otro ciudadano; tengo abuelas
y parientes que se han ido
y una espalda ancha
que socava la pared amiga
de las cervecerías.
Soy una ola entre todas
las olas, una ola que se levanta
a las seis de la mañana
porque ya no puede
oler el polvo de su casa,
una ola que se alza,
alborozaba hacia las playas
para un retorno interminable
al centro de las cosas
donde las olas todas
se empujan mutuamente
estériles y solas.
Porque no soy digno
de mi semen,
Señor, yo no soy nadie;
estoy en medio de las calles
girando como un organillero
con mi camisa gastada,
inamovible, mirándome
la punta del zapato
por si alguien quiere darme
una moneda que no quiero,
aunque nadie me ha visto
pasar esta tarde ni nunca,
porque nunca soy alguien,
ni siquiera un oscuro
ciudadano resucitado
por el hombre.
Mi voz ha muerto
en los cristales de las tiendas,
y tengo una espuma de mar
aquí en la boca, ebrio,
porque soy una ola entre todas
las olas, que viene a morir
en esta arena de miseria decentemente con su traje
de franela y su ciega corbata
como buen hombre que era.
Fui un oscuro ciudadano,
Señor, no lo divulgues,
cesante, ¡sí!
Hasta aquí llegó la vida,
pero recuerda al fin:
yo nunca pedí nada
porque tuve camisa blanca
 
 
 

CIUDADANO

 

No sé de donde viene
mi costumbre de agravarme
a las siete de la tarde.
Quizá solo por ser un transeúnte
sin bigote o pañuelo, sin zapato
ni amante.
No sé para qué vivo
y por qué muero,
si ha tiempo me dijeron
las gitanas que tendré vida cara
con final de perros:
o sea que no pienso morir
como dios manda.
Conozco bien las piedras
de andar, la vista gacha;
recojo los cigarros que pueblan
las cunetas agradeciendo todo
en mis andanzas de oscuros
pies de barro y de madera.
Si yo fuera un cantor como
soñaba, me iría por el mundo cantando mis desdichas
para vivir del canto mío
y que me escucharan
los que sueñan
con una risa limpia.
Pero no tengo voz, ni pañuelo,
ni amante;
no sé por qué me vuelvo amigo
de los perros cuando
soy un transeúnte de la tarde
sin saber por qué vivo
y por qué muero.
 
 
 

FRAGMENTO DE UN DIARIO

 
El crepúsculo y toda su pompa
ya no me conmueven;
el lenguaje de los pájaros
me parece indescifrable
-además, sé que no cantan
para el hombre—;
detesto al sol cuando
se afiebra; prosigo blanco,
y mis brazos se estiran
como un lienzo en la gimnasia cotidiana; tengo un desorden monumental en la cabeza,
porque sé, de razón no vive
el hombre, sino de sed,
de hambre y de locura.
Tantas palomas negras:
huelen a chimeneas:
perros lamen veredas:
yo, en medio, como un trompo,
olvidado del ansia primeriza
de abrazar al crepúsculo
en su fuga.
Tanta frente de bruces,
y aunque a veces
yo cante cualquier tarde
de improviso en las calles celebrando el acontecimiento
de mis pies que caminan
y caminan, siempre vuelvo
a esta burda indiferencia,
a este clavar los ojos
en el suelo respirando un cigarro
como un murciélago quizá.
Así alzo la mirada solamente
si la noche se cierne silenciosa
y abierta, y tiemblan
los espacios como gran arboleda
encendida de grillos,
y parece que algo va a nacer.
Entonces,
solo entonces,
alegra el respirar.
 
 
 

TARDE TENDIDA

 

Cuelgan enaguas y camisas
y paños de cocina.
La tarde y su silbido errante
como niños de arrabal
agujerea los slips.
Y hay un olor a diente rabioso
en la boca de estos hombres,
a diente rabioso que desflora
el pan sobre la mesa
sin mantel ni codo.
No esconde el vecino sus ropas,
nadie oculta sus sábanas
con manchas amarillas
en estas casas pobladas
de insectos,
mamíferos y aves
que traen un voto de pobreza
a estas señoras que tejen
con orejas que tejen ardides,
que saben cuentos.
Cuelgan enaguas, pantalones
y paños de cocina.
El viento va llevando
lo poco que guardaban.
Cuelga, cuelga la mirada
Y hay una metáfora feroz
en los alambres.
 
 
 

CONFESIONES

 

Soy bestia umbilical, delgada
y andariega, con un aire
de pájaro en la calle.
Atado a los semáforos
por ley irrevocable.
Suelo ser atacado por mis hábitos
y por los vendedores ambulantes
que me auscultan la cara
de bar destartalado
y decadente.
Amo la ciudad más que a nadie:
las calles y edificios,
noches pobladas de mamíferos
domésticos y astutos,
que transitan por bares,
y beben, y comen, y se ríen,
y se ríen, y se mueren.
Soy bestia siempre en celo,
pájaro individual, enfermo.
Confiado ciegamente
en mis zapatos,
no me pierdo un detalle
de lo que está pasando,
que es muy grave.
Me entristecen los hombres,
me deprimen sus orejas,
sus dientes, y las blandas extremidades;
las ojeras; y los rostros
desérticos, tortuosos;
bigotes, anteojos,
pelos, anillos, monedas;
cigarros defendidos
contra viento y marea;
el fraudulento pudor
de las camisas;
y el orgullo, ese orgullo inconcebible...
Sobre todos,
los hombres que van solos
por el mundo,
unánimes espaldas, hombros,
rabia.
¡Voltear los autobuses,
y tocarles la oreja a los absurdos transeúntes, saber de abuelas
suyas y de hermanas,
y de la fecha atroz
en que nacieron!
Cordialmente aborrezco
a los hombres de gafas,
que saludan suficientes, constreñidos, con una mano
blanda, lisa,
como de nieve, y se vuelven,
y mueren dee cara ante
el periódico; a todos los que
pasan las horas entre muslos
y aguardientes perpetuando
la fiesta de este mundo.
Extraña la ciudad cuando
parece no haber nadie, ni voces
de Zutano o Mengano,
cuando una sombra inmensa, resollando se descuelga
de muros, y se manda
a cambiar,de una vez por todas,
hacia un patio sin hambre;
aunque haya transeúntes
con ojos de paloma y pecho
duro, y algunos que se tienden
en las calles con un olor
a muertos y a padre avejentado
por sus sueños.
Ninguna novedad hoy en la tarde.
La ciudad y su curso inevitable.
Yo, bestia umbilical, pájaro
enfermo, he de seguir de noche atado al parpadear
de los semáforos, a la misma
ciudad donde parece
que ya no habita nadie.
 
 
 
OBRA: Ciudadano(1983)
RÍOS√2021
 
 
(Fuente: Marcelo Sepúlveda Ríos)

 

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