domingo, 13 de septiembre de 2020

Thomas Hardy, Inglaterra, 1840-1928





En el estudio
 

Entra; sentada en silencio en el borde de una silla
hay una dama –una extraña para él– de rostro delgado,
con un aire de pasada distinción;
y unos signos leves le permiten suponer
que ha venido casi sin desayunar.
 
“Vengo a verlo, espero no se ofenda: :
estoy buscando comprador
para una veintena de volúmenes que tengo
–dejados por mi padre– de las obras
de teólogos ilustres, aun cuando me afecta
el ofrecerlos”. Y sonríe
 
como si la necesidad le fuera desconocida.
“Pero lo cierto es que a menudo,
como me gusta el arte,
quise hacer más elegante donde vivo
y esos viejos libros no me dejan”.
Y sigue sonriendo jovialmente, como si fuera
sólo un alegre capricho venderlos
y la vida, siendo francos, no fuese en realidad
vinagre y hiel para ella
sino fresca y dulce, y la pobreza no fuera
un esqueleto habitual.
 
 
 
 

Tonos neutros
 
 

Estábamos junto al estanque aquel día de invierno,
y el sol estaba blanco, como si Dios lo hubiera reprendido,
y en el suelo famélico yacían unas hojas
caídas de un fresno, y grises.
 
Tus ojos me miraban como ojos que vagasen
por tediosas preguntas de hace años,
y algunas palabras iban y venían entre nosotros
sobre quién perdió más por nuestro amor.
La sonrisa en tu boca era la cosa más muerta
suficientemente viva para poder morir;
y un gesto de amargura pasó por allí
como un ave agorera en vuelo.
 
Desde entonces, agrias lecciones de que el amor engaña
y exprime con crueldad han modelado tu rostro para mí,
y el sol renegado por Dios, y un árbol,
y un estanque bordeado de hojas grises.
 
 
 
 
 
 

En la cámara nupcial

 

“¡Oh, esa melodía subyugante!” Y la novia
se incorpora de golpe en el lecho, como un fantasma de encaje.
“¿Pero, por qué?”, pregunta sobresaltado el hombre al que desposó
ese día, mientras la banda sigue tocando afuera.
“Es la alegre enhorabuena de los vecinos del pueblo
por nuestra boda, ingenuo mío”.
 
“¡Oh, pero tú no sabes! Es el vals apasionado
que mi viejo amor bailaba conmigo,
y mientras dábamos vueltas yo le juraba
que nadie, hasta mi muerte,
compartiría mi hogar ni mis besos salvo él.
¡Y él me domina y me hace estremecer,
y es a él a quien abrazo cuando yo te abrazo a ti!”.
........




(Traducción Gerardo Gambolini)

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