SARAJEVO
Ahora también duermen nuestros queridos inmortales.
Frente al colegio femenino,
crecido bajo el puente discurre el río Miljacka.
Mañana será domingo.
Coged el primer tranvía a Ilidža,
un lugar en el que, como es natural, nunca cae la lluvia,
la aburrida y larga lluvia de Sarajevo.
¡Quién sabe cómo se sentiría sin ella Cabrinović en prisión!
Nosotros la maldecimos, blasfemamos,
y sin embargo, mientras cae,
fijamos los encuentros de amor
como si estuviéramos en el corazón de mayo.
Nosotros la maldecimos, blasfemamos,
conscientes de que nunca podrá convertir el río Miljacka
en el Guadalquivir o en el Sena.
Y entonces, ¿será un motivo suficiente para amarte menos
o hacerte sufrir menos ante la desgracia?
¿Será por ello menor mi hambre de ti
y mi derecho amargo
de no dormir mientras el mundo está amenazado
por una guerra o la peste
o cuando las únicas palabras posibles son “no olvidar” y “adiós”?
Además,
es posible que ni siquiera sea esta la ciudad en la que moriré
pero en todo caso habría sido digna
de un yo incomparablemente más sereno.
Esta ciudad en donde, a decir verdad,
no siempre he tenido mucha suerte
pero en donde cada cosa es mía y donde siempre puedo
amaros a cada uno de vosotros
y deciros que estoy desesperadamente solo.
Tal vez en Moscú podría hacer lo mismo
pero Esenjin ha muerto
y Evtušenko estará viajando por cualquier parte de Georgia…
¿Cómo iba a pedir yo auxilio en París
si ni siquiera han respondido a la llamada de Villon?
Aquí, en Sarajevo, si necesito ayuda
incluso los sauces, que son mis conciudadanos,
conocerán aquello que me hace sufrir.
Porque en esta ciudad, a decir verdad, no he tenido
mucha suerte
pero en ella la lluvia, cuando cae,
no es sólo lluvia.
CAMBIO DE DIRECCIÓN
A menudo mis amigos
cambian de dirección.
Ahora también Alfonso Gatto.
Hasta ayer habitaba en Roma
en la alegre calle Margutta.
Ahora se ha mudado
al cementerio de Salerno.
Esta es la peor
de las veintiocho direcciones
que ha tenido en la vida.
Era mejor incluso
aquella en época de Mussolini:
Alfonso Gatto,
cárcel central,
Milán.
Este es el poema.
En todo este tiempo también yo he cambiado de dirección.
Vivía en la feliz y espléndida ciudad europea de Sarajevo,
ahora vivo en la cárcel central de Europa.
Pero,
volvamos a los tranvías de Sarajevo,
un historiador diría:
Sarajevo estuvo entre las primeras ciudades de Europa
en tener servicio de tranvías.
Yo no soy un historiador,
incluso hubiese querido que estos años que me quedan
hubieran pasado de algún modo fuera de la historia.
También, cuando era más joven, lo deseaba.
En un viejo poema escribí:
Querida,
¿cómo podríamos huir de la historia?
A los bosnios y a los chechenos
desafortunadamente
según un idéntico guión
les ha tocado la parte más cruel de la historia.
Pero
sobreviviremos de cualquier manera también a esto.
No tenemos elección.
No quiero más poemas sobre el tranvía de Sarajevo
cuyos viajeros son el objetivo cotidiano
de los francotiradores de Grbavica,
no más poemas sobre esta tremenda guerra,
menos todavía
poemas sobre algún campo de concentración;
no, yo no veo la hora de poder regresar,
por segunda vez en mi vida,
a escribir mi poesía de posguerra.
(Fuente: La Parada poética)
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