lunes, 13 de abril de 2020

Néstor Mux (La Plata, Argentina, 1945)


Perros atados
Es posible que ese perro atado ladre
a estrellas que lo aturden con señales
o aúlle a quienes lo dejaron vigilando,
para nadie, una casa abandonada.
Los vecinos se quejan porque no pueden dormir,
escuchar la radio o lustrar sus automóviles.
Mientras tanto yo le adivino colmillos azules
como el amor o la muerte y lo imagino altivo
como algunos hombres o como muchos perros.
Porque su sonido tiene algo de delicada insensatez
o de agonía, y ese sonido me acompaña y me persigue.
Porque su ladrido se impone por sobre las voces
desafinadas y rancias de la gente
mezcladas como al fondo de una olla.
Y porque es posible que yo esté atado también,
pero sin su convicción para ladrar y aullar
ahora que siento finalmente que me han dejado solo
vigilando una luz casi deshabitada.

Fuente: Perros atados, Néstor Mux, Ernesto Girard Editor, La Plata, 1982.

Al despertar, día tras día
Al despertar, día tras día, abrimos la ventana
para comprobar que los dueños de la tierra
todavía no la han destruido del todo.
Acariciamos los animales
que protegen el descanso de los nuestros
mientras el agua hospitalaria
de la pava y el mate recibe condescendiente
a estos modestos poetas de provincia.
La razón apenas entreabierta, entonces,
el cuchillo de ardor en el estómago
y la cáscara fastidiosa de los sueños
no dejan de recordamos que sin porvenir
la palabra –como la vida– es difícil.
Sin embargo, con la cautela de los náufragos
nos acercamos a la máquina de escribir
y en el espacio sin límites
de la hoja en blanco, creemos escuchar
un silencio poblado de temblores,
una música que insiste
hundida en un territorio de promesas.


Fuente: Poemas, Néstor Mux, Ernesto Girard Editor, La Plata 1986.


Fotografía en el hospital
a Julieta, Juanpedro y Griselda Mux
No era que el cuchillo
careciera de filo
o que la pera resbalara en su propio jugo.
Eran sus manos que entonces
sólo podían saludarnos.
En la insignificancia del anillo de plata
que me entregara la enfermera
parecía caber el jugo inútil de la fruta
y toda la belleza y toda la sombra
que nos quedaba.


Fuente: Papeles a consideración, Néstor Mux, Libros de la talita dorada, La Plata, 2004.
(Fuente: Los poetas no van al cielo blog)

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