Sobre la evolución de las diosas del amor
Selene abre la
encrucijada con marcado erotismo luminoso,
cegando al primer
hombre
enmudeciendo a la
primera bestia.
Emergió de unos
vapores que en un atardecer salían del mar.
Un mar sin barcos y
sin orillas.
Se cree que nadie la
vio aparecer,
pero esto es lo que
se sabe de verdad.
Sucedió a Selene
una exquisita mezcla de miel, vino, pan y carne llamada Afrodita.
Su padre desarrolló
en ella tanto la seducción como la fuerza, la inteligencia y la piel
(que conservaba de su antecesora el brillo alucinante).
Venus, la mujer de
un musculoso y feo anciano llamado Vulcano,
trastocó los
valores de Roma, equilibrando primero el carácter fémino y mental,
agregando la idea
del deseo en el corazón del soldado.
Cuando Venus se
hundió por última vez en el océano,
surgió en el
siguiente anochecer una adorable morena de nombre Iemanjá,
con una espada en la
mano y una fuente de luz en su cabeza y rayos en sus pies.
Mucho antes de
Iemanjá, cerca desde donde sucedió todo,
vive, alejada del
ruido de las megápolis y legiones armadas, Ishtar.
Aun conserva su
poder adivinatorio y sigue mirándonos con sus ojos de hermosa
vecina, cuya virtud nos sana.
No hay comentarios:
Publicar un comentario