miércoles, 10 de noviembre de 2021

Sharon Olds (San Francisco, EEUU, 1942)

 


 






UN TIEMPO DE PASIÓN

 

Después entramos en un tiempo de pasión tan

extrema que era casi calma, el cuerpo

duplicaba lo que quería soportar. La angustia

y el placer jugaban una con otro. Nos salíamos de lo que yo había

pensado era el camino, y volvíamos fácilmente.

Y todo se hacía bajo una luz tranquila, como si nuestros

sueños infantiles se hubieran despertado, el antiguo

equilibrio de poderes desnudo en el cuarto,

el chasquido ocasional de una palmada cargada de lujuria dulce

y extrema. Cuando me oía a mí misma pidiendo cosas,

mi susurro grave era como el siseo

de alguna otra criatura. El sexo había sido

como música, alto y brillante como la luna,

azúcar como la leche que había saltado en un pequeño

arco desde el pecho. Había parecido que estábamos desatados

como el fuego puede desatarse de la tierra,

o el aire del agua, que éramos flores que las estaciones

abrían y cerraban, habíamos sido interpretados. Ahora

éramos dos personas, jugando la una con la otra,

como si no hubiera habido nada sagrado. Ahora,

entraban la voluntad, el abandono del cielo,

y extremos de emoción que yo no había sabido que existieran

fuera de las habitaciones donde las personas se lastiman unas a otras.

Nos amábamos. Nuestro nido había estado vacío

por unos años ya. Encerrados juntos, o un

dedo de uno tocando un

pezón del otro, volábamos de cabeza hacia

la tierra y salíamos de ella, como ensayando.

Nunca se me cruzó la idea de que él ya no me

amara, de que hubiéramos dejado el reino del amor.


ACEITE DE PESCADO

 

Una medianoche, llegué a casa después del trabajo

y el departamento apestaba a pescado

frito. Todas las ventanas estaban cerradas,

y todas las puertas, abiertas, de

la sartén y la espátula se desprendía una espiral

espesa de oliva y bacalao. Mi marido

dormía. Abrí las ventanas y cerré

las puertas y puse los platos en la pileta

y los sumergí en detergente. Al día

siguiente le fui con el chisme a una amiga, y ella dijo,

algunos podrían vivir con eso, y hasta

aprender a disfrutar del olor a frito. Y esa noche,

miré a mi amor, y quien él es

me tocó el fondo del corazón. Busqué

una botella de extra-extra virgen,

y una receta de filete de mar en

aceite de oliva, llené los cuartos con

volutas de perfume de aleta, el contorno

en la arena que dibujaron los primeros cristianos,

el lazo que significa seguridad, que significa yo también,

recordé el ceño fruncido de mis padres frente a cualquier

dejo de olor fuera de la cocina,

el escalofrío calvinista, en esa casa, frente a la dulce

grasa de la vida. Yo había venido a mi compañero

aturdida, anhelante, un poco de sal

en su canasto de pesca, una chica en aceite,

su plato. No había sabido que uno

pudiera aprobar a otro completamente – que uno pudiera

despertarse un día rancio, que uno pudiera despabilarse

del sueño del enjuiciamiento.

 

 

LA PROMESA

 

Con el segundo trago, en el restaurant,

tomados de la mano sobre la mesa vacía,

hablamos de eso otra vez, renovamos nuestra promesa

de matarnos el uno al otro. Estás tomando gin,

el enhebro azul noche

se disuelve en tu cuerpo, yo tomo Fumé,

mastico su tierra fragante y ahumada, estamos

recibiendo tierra, ya somos en parte polvo,

y donde sea que estemos, estamos también en nuestra

cama, encajados, desnudos, a lo largo uno del otro,

cercanos, embriagados

después del amor, entrando y

saliendo del borde de la conciencia,

nuestros cuerpos felices, entrelazados. Tu mano

se tensa sobre la mesa. Te da miedo

que me acobarde. Lo que no quieres

es agonizar en una cama de hospital por un año

después de un infarto, incapaz

de pensar o de morir, no quieres

que te aten a una silla como a tu impecable abuela,

profiriendo insultos. El cuarto en penumbras

a nuestro alrededor,

globos de marfil, cortinas rosadas

ceñidas por la cintura —y afuera

un anochecer de verano tan leve,

alto, luminoso. Te digo que no me

conoces si creer que no te

mataré. Piensa en cómo hemos flotado juntos,

mirándonos a los ojos, pezón contra pezón,

sexo sobre sexo, las mitades de una criatura

resurgiendo hasta el borde de la materia

y sobrepasándola —me conoces de la brillante

sala de partos salpicada de sangre, si un león

te tuviera entre sus dientes yo lo atacaría, si las sogas

que ataran tu alma fueran tus propias muñecas, yo las cortaría.

 

 

ÚLTIMA HORA

 

En medio de la noche, me hice una cama

en el piso, alineándola fielmente a mi madre,

la cabecera hacia las colinas, los pies hacia la Bahía donde

los pájaros vadean para buscar moluscos —me acosté,

y el primer cascabel de la muerte sonó

con su autoridad del desierto. Ella tenía ese aspecto de

niño cantor en un ventarrón,

pero su cara se había vuelto más material,

como si los tejidos, almacenados con su vida,

estuvieran siendo reemplazados desde algún abastecimiento general

de jaleas y resinas. Su cuerpo la respiraba,

crujidos y chasquidos de mucosidad, y después

ella no respiraba. A veces parecía

que no era mi madre, como si hubiera sido sustituida

por un ser más adecuado a esa tarea,

una criatura más simple y más calma, y sin embargo

saturada del anhelo de mi madre.

La palma de mi mano le rodeaba la coronilla

donde latía su corazón feroz, la otra mano sobre su

hombro pequeño, me mantuve a la par de ella,

y entonces empezó a apurarse,

a adelantarse, después se quedó quieta y su

lengua, manchada como motas de maná,

se levantó, y un jadeo se formó en su boca,

como si lo hubieran forzado a entrar, después la calma. Después otro

suspiro, como de alivio, y después

la paz. Esto siguió por un rato, como si ella estuviera

expresando, sin apuro,

sus sentimientos sobre este lugar, su tierra

y apesadumbrada conclusión, y después, contra

la palma de mi mano en su cabeza, el regalo de no

sufrir, ningún latido;

por momentos, sus latidos parecían curvarse—

y después sentí que ella no estaba allí,

sentí como si ella siempre hubiera querido

escaparse y ahora se hubiera escapado.

Entonces se transformó,

despacio, en una cosa de hueso,

que marcaba el lugar donde ella había estado.

 

Fuente: La Parada Poética)

 

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