jueves, 17 de septiembre de 2020

Wallace Stevens (Estados Unidos, 1879-1955)

 

 

LA IDEA DE ORDEN EN CAYO HUESO

 

Ella cantaba más allá del genio
del mar. El agua nunca devino mente o voz,
como un cuerpo de veras cuerpo que
[sacudiese
sus mangas ya vacías. Su meneo
[mimético
lanzó un clamor constante, lo causaba
constantemente; y no era nuestro aunque
[lo entendimos,
inhumano, desde el océano auténtico.
 
No era máscara el mar, ella tampoco.
Canto y agua no eran un sonido mezclado,
aunque ella cantase lo mismo que ella oía,
pues el canto fue dicho palabra por
[palabra.
Puede que se agitase en sus fraseos
el agua que tritura y el viento que jadea.
Sin embargo era ella, y no el mar, lo que
[oímos.
 
Pues ella era la artífice del canto que
[cantaba.
Encapotado siempre, el mar, de gesto
[trágico,
no era sino un sitio que ella recorría
para cantar. ¿De quién es espíritu?,
dijimos, pues sabíamos que era el que
[buscábamos,
que había que preguntarlo mientras ella
[cantaba.
 
Si solo hubiera sido la oscura voz del mar
la que se alzó —incluso coloreada por
[olas—;
o la voz exterior del cielo y de la nube,
del coral sumergido y amurallado de agua,
aunque claro, sería un aire hondo,
el discurso agitado del aire, un veraniego
sonido repetido un verano sin fin,
sonido a secas. Pero fue mucho más,
más que la voz de ella y de nosotros, entre
las vanas zambullidas de las aguas y el
[viento,
las distancias teatrales, las estatuas de
[bronce
apiladas en altos horizontes, atmósferas
montañosas de cielo y mar.
La voz
de ella agudizó el cielo evanescente.
Ella medía su soledad por hora.
Ella era la única artífice del mundo
en que, además, cantaba. Cuando lo hacía,
[el mar,
independientemente de su yo, se volvía
el yo de su canción, pues ella era su
[artífice.
Nosotros, contemplando su caminar a
[solas,
supimos que ella nunca había tenido un
[mundo
excepto el que cantaba y que, al cantar,
[hacía. 
 
Ramón Fernández, dime, si lo sabes,
por qué al cesar el canto y al volvernos
hacia el pueblo, por qué las luces vítreas,
las luces en los barcos pesqueros allí
[anclados,
al descender la noche que se inclinó en el
[aire,
dominaron la noche, seccionaron el mar,
fijando engalanadas zonas y ardientes polos,
organizando, ahondando, hechizando la
[noche.
 
Oh bendito furor del orden, pálido
Ramón, furor de artífice por ordenar palabras
del mar, de los fragantes portales,
[tenuemente
estrellados, y nuestras, y de nuestros
[orígenes,
en fronteras fantasma, en sonidos más vivos.
 
 
 
***
 
 
 
  Versión Hernán Bravo Varela

 

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