sábado, 12 de septiembre de 2020

Olga Luis Rivero (Canarias, 1958)



Estas son las mujeres que llevan carne a los despachos.

Regueros
de sangre a las moquetas brindando, ellas que lloran y perlan sus
rostros, éstas son las que cuentan y restan en oscuras pizarras sus
viajes a cimas, a cuevas como ascensores al paraíso


Para las manos 
 
 
el mejor regalo 
es una rienda
el galope de las pupilas
el pelo que oculta los pájaros
el azar del vuelo
Así la sed flotará
en el seno de la sed
 en el mundo
de los despiadados
que al fin darán
las últimas patadas
Cabalga la llanura extensa
sin senderos
la pasión sin miedo
y el aullido ardiendo
como palo de tea
La antorcha
la cola de caballo
el melancólico espacio
a nuestra espalda
Lo más feo del que se inclina
Todo queda atrás
 en los ojos de las gallinas
 
 
 
ABUNDANCIA
 
La gente se borra de las calles como la niebla borra los árboles. Quedan zapatos, sus abrigos, bolsillos vacíos que tienta la mano, un cinturón de cintura estrellada, complementos encadenados a la vida de por vida, la magia del óleo dueño de flechas en remolino ascendente con galán de palabra extraña que más aspira a extinguirse de tanta naturaleza boyante, verbo de garza imagen de buey y ya fuera de las aguas, profecía. La gente se cae como las casas viejas de las calles viejas de pronto.
 
 
 

Deja que el sueño quede sin agua al fondo de los jarrones
 
 
y las flores secas como cáscaras de plátano
Demasiado libre para el remordimiento
arrincona el polvo las cajas, los zapatos
Los pechos de las prostitutas
Esa dolencia amarga la fruta
El objeto creado expresa su desprecio por la vida
Contagiándose de virus extraños 
hasta su muerte
Da asco la lucidez del gamo peinado
Por las alas de su corazón 
los ojos decepcionados miran hacia dentro
A través de la ventana
Insatisfechos, enfermos, ciegos
Con un dolor de carpa fuera del agua.
 
 
 
Otra vez destejer el fondo marino encendido de peces, volver a comenzar porque el humo juró volver a su hoguera, el duende a su lámpara. Reyes volvieron a reinar, Alicias a crecer, flores a la nuca del almendro, los tréboles de nuevo envejeciendo al otro lado de las casas. Deshilachados los animales al galope, las ciudades, lo que la boca muerde apetitosa, la presentida forma del desierto en un jazmín, las uñas de la Venus y su amante, el talado árbol sin mirada, los brazos nuevos que aún no han sido besados, la rosa que empezó ayer a engalanarse al mediodía, los chicos del pasado que no quieren sentarse, estarse quietos bajo tierra.
 
 

PÁJAROS
 
En mitad de las pestañas abría el sol sedoso
las celosías finas de girasol
Asalta el cuello el hablador
boca de lago de la murmuración liviana
Zapatos en la raíz de la selva y
frente melodiosa
A la brisa facial de su amada
inclina como caballero la cabeza
para que la condesa gire el vacío
hacia otras conchas que saltaron
del tiovivo a sus varillas de abanico abierto
hasta hablar con el fuego
la lengua de las ramas
el idioma del eco divertido de los túneles
tangible en la orilla 
el estrellado oro de las aguas en cascada.
 
 
Así abrió el abanico sus fauces
 
 
escuchando el laúd de proas
que indígenas citan la selva
volviendo a derramar el verde 
avivado a su cielo sombrío
la jaula vacía de servidumbre
 
 
 
 
De: Encendido (2016 en prensa)
 
Camisa al viento modelados
 
 
abandonando los salvajes trigales
Persianas verdes en el llano
bajo pies en su delirio de andaduras
alrededor de la ciudad que nada
bajo tan hermoso cielo solitario
Horas de hierro pelado 
en las tumbas
Cada vez hay más silencio
enterrado al mediodía
Continúa bailando
la calle desierta
El fuego en voz baja
vierte lágrimas
El sol a mansalva
calienta las pieles.
 
 
Tú, mujer nipona 
 
 incrustadora de objetos extraños en el útero de las valvas, tú, mujer hermosa a pulmón libre depositando escoria en la boca de las conchas, tu, agraciante de mis dedos ahora que las perlas entristecen, mi pensamiento.
 
 
FLORES DIMINUTAS DE MANTEL
 
 
Es verdad que sus pensamientos fueron lúgubres. Dejó la mesa sintiendo ya el sopor del olvido, el dulce abandono y el griterío de la naturaleza al mediodía.
¿Qué será de éstas telas, de la mano y la mente que se conmueve, que los dibuja y borra después?
Me gusta la flor rueca
 
 
creciendo en los valles
y consumida
en las montañas 
del anhelo
Me gusta ese perfume
azucarado y seco
de los vegetales.
 
 
El goce de Artemisa la arquera
 
 
Ir hacia dentro de la naturaleza salvaje
Con su arco de plata
A la luz de la luna
libre como el caballo
la muy distante Artemisa
inmune al amor.
 
 
 
No soy nada ahora que la luz se apaga
 
 
no soy más que para mí misma
la jauría asombrosa en la planicie de los yoguis
iridiscente bajo el agua
vulnerable y sólida pero también volátil
en la desmesura de estepas congeladas
sin juzgar las decisiones de los dioses
a quienes ni siquiera oso distraer
en su camino empavesado
No soy más que líquido
alma que vacila como el búho
si el día lo alcanza en la vigilia
derramando la luz de sus espejismos
espejismos del eco eco eco
Mientras yo naufrago desde el fondo
perfecto de reflejos en remolino vitral
pomposo y vivo
 
 
 
Tejas al silencio de la altura atadas
 
 
Aquí mis ojos náufragos
hasta coronar algas espaciales
en las corrientes nieblas
en la cresta de las lágrimas
en su deriva
evaporándose
hacia la luz del mar acogedor
 
 
Nada recuperable es bajo los párpados
 
 
los vapores sólo tocados
por plantadas ramas que se ahorcan
adentro del dejado en tallas 
de maderas nobles y olorosas
Eso 
si queda como es aquí
donde sobra fondo y formas del poema
Un pelma siempre ascendente
por escalas escarpadas de laderas
Nada anda tan alto como tú
sin títulos
sin embargos
emiratos
despilfarro
Nada escuece si oscurecen
los sentidos
si no hay piel a quien doler
cuerpo
cueros de envoltura
para el abandono vivo
crédulo
cierto y cifrado objeto
Creí en todo eso a pies del sol
 
 
 
 
 
(Fuente: Analecta literaria)

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