martes, 16 de agosto de 2022

Odilon Redon (Francia, 1840-1916)

 

Ronda de amor

Odilon Redon

 

 

 

I

¿Será dios, mesa o palangana? (1). Quien sabe: Quién sabe: nadie puede decir lo que será. Nadie es esa rígida esfinge que ve el porvenir y descifra el enigma de sus misterios. Que su dura mirada fije sin cesar el cambiante horizonte que despliega ante ella ángeles o fantasmas; que mire siempre a lo lejos y alce el velo fatal que oculta la desdicha o el éxtasis. Se desconoce el fin; nada se sabe.

¿Será dios?, les pregunto.

No se sabe.

¿Será mesa?

Tampoco.

¿Será pues palangana?

Silencio. Nadie sabe lo que la fe nos otorga; yo obedezco mi ley, me dirijo a mi fin sin otro iniciador que mi sueño. No sé lo que el porvenir me reserva: veo el universo mudo, impulsado por un instinto divino que me eleva, siempre hacia lo menor, hacia el bien, en un vuelo incomprensible y supremo. Se desconoce el fin; nada sé.

Así hablaba el artista en su marcha obstinada. Cuando hay salud, la belleza lo guía, en su temeraria labor. Así hablaba él de su obra y de sí mismo, cuando de pronto irrumpe el escéptico, en su morada silenciosa.

 

II

Un día, un día muy triste, vi pasar ante mí unas jóvenes puras y vivaces. Alegres y ligeras, iban recogiendo las flores que bordeaban el camino. Iban con la mirada fija justo delante de ellas, inquietas y contenidas, como si sus pensamientos estuvieran ocupados en esa tarea. Sus voces, que colmaban el aire, se mezclaban con los tañidos de la campana del pueblo, que se repetían, monótonos y ligeros (…). Ellas seguían andando, ágiles y vivaces, apresurando sus pasos hacia su destino, el cual yo ignoraba.

¿Quién las animaba así en su rápida carrera? Nadie lo sabe. Ellas seguían andando, y su paso, que se precipitaba más a cada instante (…) daba a sus miradas un entusiasmo más extremo; un deseo, una ansiedad que tenía algo de vértigo.

Las seguí, arrastrado como iba por una fuerza sobrenatural.

A medida que avanzaban, sus cantos se volvían más tristes; da unos pasos más, y ya no cantan. Ya están muy cerca de su destino. Van a bailar a la plaza, una ronda de amor con sus bienamados.

 

III

En la plaza hay mucha gente; niños turbulentos que pasan gritando, agitados; ancianos que, apartados, conversan sobre los asuntos del pueblo, hablando por lo bajo, suave, sentenciosamente; madres que, llenas de resquemores, miran con sano orgullo hacia el camino por el que aparecerán sus niños; y al final llegan ellas, tímidas y ruburosas.

Entonces se unen a la ronda; ya no cantan, giran, bailan, saltan, y los abrazos se tornan más vivos y las miradas más apasionadas; exaltación del placer y del amor; ellas están entregadas al amor, al ideal y la poesía.

Ésa es la imagen de mi vida y mi corazón, de mi alma y mi fin…

Una ronda de amor girando por toda la eternidad.

 

Agosto de 1877

 

1.“Sera-t-il dieu, tableo u cuvette?”. Frase aplicada a un escultor ante un trozo de mármol en la fábula “El escultor y la estatua de Júpiter”, de La Fontaine, retomada luego por muchos escritores, especialmente franceses, entre ellos Diderot, Stendhal y Proust. La interpretación suele girar en torno a la idea de que una materia dada (un trozo de mármol) puede tomar diversas formas. Un paso más allá en la interpretación sería que no importa qué forme tome (dios, mesa o palangana), seguirá siendo la misma materia original, es decir, un trozo de mármol.

Traducción y prólogo de MERCEDES ROFFÉ

Una historia incomprensible & otros relatos. Madrid. Vaso Roto Ediciones. 2016. Págs. 83-85.

 

(Fuente: La Mecánica Celeste)

No hay comentarios:

Publicar un comentario