lunes, 15 de agosto de 2022

Lisa Grunberger (Philadelphia, Estados Unidos, contemporánea)

 

Nací sabiendo

 

 
Mi padre arregla relojes en el sótano,
mi madre mira TV arriba.
La puerta de mi Oma siempre está cerrada.
Imagino que está sentada en la silla verde menta
tejiendo o leyendo a Goethe. Los sábados
mira el show de Lawrence Welk.
Hago los deberes en la mesa de la cocina –
los iroqueses, álgebra, Orgullo y prejuicio.
Pruebo las tazas congeladas de helado de nuez
Weight Wathcher’s enterradas bajo pechugas de pollo
del súper y bolsas refrigerantes. Sabe artificial,
sus gránulos helados se niegan a derretirse
en mi boca adolescente.
 
A veces papá sube
y se corta una tajada de queso fuerte
o saca una barra de Caddbury con leche
y parte un trozo para mí.
Mamá baja con sus pantuflas rosadas
durante una pausa comercial y
caza un grillo que canta y la pone nerviosa,
como el tictac del reloj o el agua cuando gotea.
Corta un pomelo en ocho gajos y
lo pone en un cuenco sobre una toalla de papel
con otra en la mano para recoger el jugo.
Sube otra vez.
 
Entre la 1 y las 4 de la mañana la casa
encierra los gritos de mi Oma. No recuerdo
haberle preguntado a mi madre el por qué o qué eran esos gritos.
Nací sabiendo sobre Buchenwald,
sobre mi Opa Leo que murió de tuberculosis en un campo de trabajo.
Sabía que en el barco ilegal a Palestina
mi padre larguirucho comía cebollas y papas crudas
como si fueran manzanas.
 
Cada mañana bajo la escalera y encuentro a Oma
vestida con medias y zapatos, blusa de seda y falda de tweed,
bebiendo café schwartz –negro– de cara al sol, mirando
hacia la bahía. Ni una sola vez pensé en preguntarle
en qué soñaba. Pero a veces, cuando era muy chica.
iba a verla, me sentaba en el borde de su cama
que olía a fruta pasada, hilo y crema Nivea,
y ponía mi pequeña mano en su frente
húmeda con el sudor de Hitler.
 
 
.....

[Trad.: Gerardo Gambolini.]

 

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