martes, 9 de noviembre de 2021

Estela Zanlungo (Pcia. de Buenos Aires, 1958)

 

 

Los hijos de la jauría

 
 
Otra vez han venido a dormir
bajo el alero frente a la ventana.
 
Desde adentro espiamos,
a veces nos reímos de cosas que no sabemos explicar,
genuinamente nos reímos
como haciendo de cuenta que hay un incendio
pero en alguna parte vieja de la casa
que se desploma y carga el aire de una arena
que no termina de matar.
Entonces barremos los escombros
nos achicamos
llevamos inventario de lo que va quedando en pie.
 
Los animales afuera
se arriman entre ellos cuando se hace de noche:
esa facilidad para enroscarse y contagiar
la idea de un cuerpo duro plegado sobre sí.
 
Estos no son de acá, no son como el perdido
que esperaba a su dueño
y le mojaba de baba la camisa.
Estos no temen nada,
toman la calle como propia y de día se van.
Siempre hay algún vecino
que arrima un plato con las sobras de anoche;
será por eso que vuelven al tinglado
o por si llueve.
 
Tampoco hay que ser perro para reconocer
por el olor los días que se vienen, algunos
ya van sobre los huesos,
se refriegan los lomos
hasta que sangra o deja de picar.
 
Yo me traería uno, le pegaría un baño,
que se quedara sentadito en el porch
mirando a los de enfrente
con el pescuezo un poco erguido
y rascara la puerta para entrar a dormir.
 
Ahora seguro están haciendo tiempo
en el semáforo,
donde los autos se detienen con las puertas trabadas
y ellos aspirarán profundo el aire
o lo que tengan a mano, volverán
al alero cuando no quede nada
por morder
por perder
lo primero que pase.
 
 
         - 2016 -
 
 
 

(de Los hijos de la jauría, Vuelta a casa, 2020)

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