lunes, 7 de septiembre de 2020

Diego Medrano (Oviedo, España, 1978)




Mediodía en algunos soportales
del barrio de Chueca



Me drogo junto a mi hijo porque une lo suyo
eso de compartir ciegos el mal a sabiendas…
—decía la vieja, embozada de negro viral,
las muñecas picadas, muelas del sabor ocre
de las pesadillas más familiares y raras.
Me drogo junto a mi hijo —sonreía la vieja,
voz delirada y ojos entre arrecifes—
porque negar todo parentesco nos protege
mientras el mal, como oxígeno, se comparte.
Lo semejante con lo semejante se cura,
auguraban los santones de la homeopatía.
¿Ves este labio inferior de iguana? —reía
la mujeruca, estirándolo como chicle—
pues antes de enamorarnos no lo teníamos
porque éramos dos ratas peludas y hondas
especialmente líricas bajo su miseria pura.







Poco más de veinte años y ningún rumbo



La muerte toca una suave campanilla.
Trakl
Llevas huesos y collares de dientes al cuello;
como síntoma juvenil, imagino sobrio.
Prefieres el jadeo compartido entre fieras
antes que cualquier otra gramática escolar.
Te has hecho vagabundo, lunar, por abuso:
vicioso de esa celosía mineral entre
observador (pobre) y observado (pálido).
Los edificios más elevados son tus rivales:
el antro callejero, rojo vientre prenatal.
Eres gárgola andante, susurras al ámbar
de lengua y verbo con sugerencia de peligro:
avellana turbia por la que ayer comenzó
el movimiento obsceno del ombligo vacío.
Follar es de obreros, pero qué rico manual.



En Llora mi alma de fantoche


(Fuente: Zenda libros) 

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