Viudas
Malicia y Rencor, el pasatiempo familiar, el juego
que mi abuela enseñó a todas sus hijas.
Pleno verano: demasiado calor para salir.
Mi tía va ganando; le llegan buenas cartas.
Mi madre va a rastras, no logra concentrarse.
No logra acostumbrarse a su cama este verano.
El verano anterior no tuvo problemas,
estaba acostumbrada al suelo. Aprendió a dormir allí
para estar cerca de mi padre.
Él se moría; su cama era especial.
Mi tía no cede un palmo, no tiene
en cuenta la fatiga de mi madre.
Así fueron criadas: para hacerse respetar por medio de la lucha.
Bajar la guardia es un insulto al oponente.
Cada jugadora tiene un puñado de cartas a su izquierda, cinco en mano.
Es mejor no salir en días como éste,
permanecer donde hace fresco.
Y este juego es mejor que muchos otros, mejor que el solitario.
Mi abuela fue previsora: preparó a sus hijas.
Tienen cartas: se tienen una a la otra.
No necesitan más.
El juego prosigue toda la tarde pero el sol no se inmuta.
Va quemando la hierba sin piedad.
Así es como mi madre debe de sentirlo.
Cuando, de pronto, algo llega a su fin.
Mi tía ha practicado mucho; tal vez por eso juega mejor.
Sus cartas se evaporan: y eso es lo que quiere, ése es el objetivo: al final,
quien nada tiene, gana.
Traducción: Abraham Gragera
(Fuente: Basta de texto)

No hay comentarios:
Publicar un comentario