domingo, 6 de septiembre de 2020

Mariano Rolando Andrade (Buenos Aires, 1973)



En el país de los cementerios marinos

 

 
 
Fue en el crepúsculo interminable
del centro del Mediterráneo
que comenzamos a recorrerte
país de los cementerios marinos
que amé y enterré
en bellas tumbas ocultas
esparcidas como pâture de vent
y que recojo hoy en mis pupilas
para enseñarle a mi niña
porque pronto tropezaré
con la pala del sepulturero
en algún alto del camino.
 
Desde las murallas de Bonifacio
descubrimos el largo eco
de palabras como Crimea y Sedán,
una mujer desconocida
que llama a la puerta cada día
y que saltó quizás de los acantilados.
Los nombres que el mar devoró
eran nuestros nombres,
siempre los mismos nombres,
tu abuelo, tu sangre que un día
irás a buscar lejos sola ya
cuando seas salvaje e imparable
como lo fui yo años ha.
 
Tierra adentro, niña de mis ojos,
nos detuvimos a jugar
sobre los migajas del muro
que levantó contra la peste
en los dulces campos lilas
nuestro amado país
de los cementerios marinos.
Los dos sonreímos
(bebía entonces de tu inocencia)
sentados en la tumba de Lourmarin,
en la única foto ahora perdida
que recuerda nuestro peregrinaje.
 
Descendimos el Yonne con el mástil
roto, el fuego en cubierta
impasibles capitanes
ante los cantos vacíos del artificio
y el hermetismo de los embusteros.
En la estofa esmeralda
que envuelve las curvas del Sena
honramos al río que devora en sus aguas
días enteros sin que tengamos
la impresión de haberlos perdido.
Desde la proa perdimos la vista
en los bosques de Samoreau.
 
Luego llegaron días y días
por los caminos polvorientos
con las suelas gastadas y un agujero
en el bolsillo del pantalón.
Pero entramos a Charlestown
y al pie de otra tumba escuchaste
la confesión de las travesías
que no se pueden recorrer
sin hallar lo que no se quiere.
Porque para encontrar lo deseado
a veces solo sirve
volver adonde comenzó el viaje.
 
Niña, estábamos tristes quizás
no podíamos evitar la ciudad
en la que corriste libre por primera vez
detrás del jardín de Luxemburgo,
tu desconcierto previo a la euforia
y el viento en la cara bajo las nubes.
Elegimos al príncipe de los poetas
y en Batignolles le rendimos homenaje
porque ya nadie lo visita en el país
de los hermosos cementerios marinos.
Solo nosotros recordamos la tarde
el frío la hojarasca la tiniebla.
 
Era el norte, sí, los cielos bajos
la noche que se precipita las mareas
las mareas que arrancan de cuajo
los versos infames y los inmortales
las mareas que llevan la palabra
soledad a la isla de Grand Bé
y adonde decidimos poner fin
a nuestros viaje y a los días de exilio
las mentiras que dijimos
para sobrellevar nuestra miseria
las culpas las mareas que se llevan
a los muertos que no vuelven.
 
Porque este hombre, niña,
fue otros hombres debo decirte
y no más
de todo aquello vivido hace tiempo
tanta pâture de vent
que no lo creerían tus ojos,
y quizás no importe nada importe
hasta que un dia vayas lejos sola ya
a buscar salvaje e imparable
los parajes donde yacen
nuestras bellas tumbas
en el país de los cementerios marinos.
 
 
 
 

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