lunes, 7 de septiembre de 2020

Azucena Salpeter (Formosa, Argentina, 1942 / Vive en La Plata)



Afuera el mundo no es legible,

gente con paraguas nos mira desde la orilla

 

De vez en cuando
a mi padre se le escapaba una lágrima
y era una voz espesa
en la sopa
de vez en cuando veía a Dios
un albañil con la ropa manchada de cal
y manos fragantes
como la leche que bebíamos al pie de la vaca
sólo quiero saber
si mi abuelo David
tenía visiones tan inútiles y grandiosas
de vez en cuando a mí también
se me cae una lágrima





El poeta muere


El poeta muere sin rezar
como quien lleva a los chicos a la escuela
Muere de muerte imperceptible
como quien está de paso por el mundo
por fragmentos
sin ninguna certeza
delgadísimas láminas de un árbol de cristal
entre el Éufrates y Tigris
todo es transparente en esa franja
entre sus brazos ojos piernas
en la distancia entre una silla y una mesa
todo es transparente sin motivo y fugaz
como un beso
como pisadas en la arena que lleva y trae el mar
Así la arena vuelve al interior de sus pensamientos
las pisadas al interior del mundo
hecho de materia oscura y olvido
El poeta muere sin rezar
entre el Éufrates y Tigris
tierno y levitado como quien despierta y va a la escuela
cree firmemente que ésa es la Tierra Prometida.




Encuentro con Alfredo Veiravé

Fue un domingo al mediodía
de ésos en los que uno camina con el alma inacabada
Alfredo estaba sentado bajo los peces transparentes
del zamuú, yuchán o palo borracho
árbol originario de las estaciones ferroviarias y las despedidas
tecleaba en su máquina de escribir
una Remington altísima de los años 70
con letras recién emergidas del tóhu vabóhu
y eran soles en la voz de Chavela Vargas.
No me vio
de tanto en tanto despejaba las moscas del yuchán
los falsos rumores sobre el dólar y los levantamientos militares
disimulaba así, con su ojo de búho
cualquier duda sobre los cálculos de Copérnico
y los vestidos de seda de la muerte.
Por su hombro izquierdo marchaba la soledad de las hormigas
que “delicadamente transportan grandes piedras para las pirámides de los faraones”
de su hombro derecho subía el palo mayor del philodendron
-del griego philo: amar, dendron: árbol-
con su vela a barlovento
prueba de que nos salvaría a todos
a pesar de la caída de los grandes imperios.
De pronto, una de esas “flores ebrias de orquídeas”
le estampó un sonoro beso en la boca
y ya no lo vi más
o sí, al menos vi sus sombra de Orfeo:
se paró arriba de la silla y extendió los brazos
“estoy vivo”, dijo.






Una taza de té a medio beber sobre la mesa

 


me recuerda al éxodo
un trozo de pan y siete granos de pimienta
me recuerda al borde cachado de la libertad
el son del andar de las jirafas
me recuerda el movimiento de los planetas
un séptimo color invisible
me recuerda el país de ninguna parte
en el borde de ninguna parte
gira un nómade en blanco y negro
con una fotografía entre los dedos
lee el rostro invierte la imagen desacomoda el nombre
la fecha y la taza de té sobre la mesa
al menos rescata el número Pi
el número de 216 dígitos
me recuerda que sólo los pastores
conocen el rugir del león.




(Fuente: Los poetas no van al cielo)

No hay comentarios:

Publicar un comentario