Anoche la nieve Jerusalén
Anoche cayó nieve en Jerusalén
por nostalgia en pleno verano
dolida de esperar
Nadie la vio
Sopló el sudor de las paredes calientes
de las piedras resignadas.
Fue fácil disimular. La gente dormía en el sopor
momento decisivo para preguntar a las hojas
qué pasó. Las cosas iban mal le dijeron
con una voz verde y oscura.
Se puso a patinar sobre sí misma por las calles vacías
hay que tener buen oído para escuchar su rumor.
Fueron horas de recreo en el destiempo.
Luego sintió la pisada del primer rayo de sol.
Se escondió en el reloj del día, sus agujas en las agujas
su blancura en la cuerda inexorable que la ahogó.
En el bar
Dos sillas blancas, de madera,
mirándose frente a frente,
separadas por una mesa de tapa blanca
sostenida por un caño fino
que no las deja tocarse,
sólo mirarse
impasiblemente, inevitablemente,
a menos que alguien venga
y las mueva o se siente
en una de ellas y entonces
el alivio de liberarse
de esos ojos blancos que ni siquiera
pueden cerrarse o mirar hacia otro lado.
Alguien acabará por levantarse,
acomodar inescrupulosamente
la silla usada frente a la otra
y ellas de nuevo mirarse con la mirada
de madera, fija, blanca, ineludible.
mirándose frente a frente,
separadas por una mesa de tapa blanca
sostenida por un caño fino
que no las deja tocarse,
sólo mirarse
impasiblemente, inevitablemente,
a menos que alguien venga
y las mueva o se siente
en una de ellas y entonces
el alivio de liberarse
de esos ojos blancos que ni siquiera
pueden cerrarse o mirar hacia otro lado.
Alguien acabará por levantarse,
acomodar inescrupulosamente
la silla usada frente a la otra
y ellas de nuevo mirarse con la mirada
de madera, fija, blanca, ineludible.
(Fuente: El poeta ocasional)
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