Viaje al interior
La dilatada ruta de
salida del yo
tiene muchos rodeos, sectores defectuosos aún sin
asfaltar,
donde el auto resbala por el ripio,
y las ruedas
de atrás quedan casi colgando en el vacío,
ante el desvío
súbito que obliga a hacer la curva.
Mejor estar atento,
precaverse de piedras y derrumbes.
El arroyo que corre en medio
de la ruta, las lomas carcomidas por el viento, las quebradas,
los
torrentes crecidos en verano por las riadas que bajan hacia el
angosto valle.
Los juncos aplastados por el viento y la
lluvia,
que el largo invierno agrisa, y que al fin del verano se
queman hasta el tallo.
O la ruta se estrecha,
y sube
viboreando hacia el riacho con sus filosas piedras,
las tierras
altas donde crecen alisos y abedules,
a través del pantano que
parece vivir por sus arenas movedizas,
y un abeto caído impide
finalmente continuar:
cae la oscuridad sobre los matorrales
y
en las cañadas se adivina el miedo.
Trad. Ezequiel Zaidenwerg
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