PROEMIO
“Esta es mi calle principal", dijo, y arrancó
esa mañana, dejándole el pueblo a los otros,
y se metió en el bosque marcado de rosa
por el sol naciente, pero aún oscuro por donde caminaba.
“Este es el camino”, siguió diciendo, mientras buscaba
con la vista ese gran espacio que estaba seguro
se abriría frente a él, un mar duro sobre el que
el cielo turbulento arrojaría las figuras brumosas
de su canto, y él movería los brazos
y empezaría a marcar, casi como un pintor,
los pasajes más y menos valiosos, los tropos
sedosos y las referencias a esto o aquello, toscas,
haciendo eco y retumbando en todas partes. Las azotaría
para darles forma. Todo tendría filo, la voluntad
ardiente del clima, soplando allá arriba, sería su musa.
“Esta es la vida”, dijo, mientras alcanzaba la primera
de las muchas orillas del mar que buscaba, y se abrochó
el abrigo y alzó el cuello y comenzó a respirar.
´
VIII
Si el amanecer rompiera el corazón y la luna fuera un horror
y el sol apenas una fuente de torpor, entonces
por supuesto que hubiera guardado silencio estos años
y no hubiera elegido salir esta noche,
con mi traje cruzado oscuro,
y sentarme en un restaurant con un plato
de sopa frente a mí para celebrar lo buena que ha sido
la vida y cómo ha culminado en este instante.
Las armonías de la salud han alcanzado su apogeo,
Y me estremezco de satisfacción, y vos te ves bien
también. Me encantan tus dientes de oro y tu pelo teñido
-un poco verde, un poco amarillo- y tu peso,
que finalmente ha subido donde nunca pensamos
que subiría. Oh, mi compañera, mi muerte hermosa,
mi paraíso negro, mi estupefaciente rancio,
mi musa simbolista, dame tu pecho
o tu mano o tu lengua que duerme todo el día
tras su pared de encías rojizas.
Acostate en el piso del restaurant
y recita todo lo que ha sido apartado de mi felicidad.
Decime que no he vivido en vano, que la estrellas
no morirán, que las cosas permanecerán como son,
que lo que he visto durará, que no nací en pleno
cambio, que lo que he dicho no ha sido dicho para mí.
.
XXVIII
Hay una luminosidad, una convergencia de encantamientos,
y el mundo cambia para mejor, mientras los árboles,
los ríos, las montañas, los animales, todos hallan su verdadero lugar,
pero sólo mientras canta Orfeo. Cuando termina la canción,
el mundo retoma sus viejas fallas y las cosas de nuevo están
dislocadas y desparejas y la crueldad de los hombres
es solo templada por las leyes. Orfeo puede cambiar el mundo
por un rato, pero no puede salvarlo, esa es su desesperación.
Es una limitación brillante, la que él actúa, y
lo sabe; por eso la corriente de su canto
es siempre lúgubre, siempre triste. Es incluso peor
para el resto de nosotros. Como alguien dijo, “…apenas empezamos
y la parálisis copa todo, obligándonos a salir en busca de algo de aliento,
aire fresco”. Y si eso no fuera suficiente, dice,
“pero aunque hacemos un montón de trabajo, nadie escucha.
Siento que mi voz es solo para mí…” Hay una corriente
de resignación que carga incluso nuestras producciones
más decididas. Aún así, nos sentimos mejor por intentarlo
y siempre hay una copa de vino para restituirnos
nuestra vieja majestuosidad, el pozo de nuestros deseos,
donde nos vemos reflejados, pero oscuramente
como si un vidrio sombrío guardara en su calma helada una imagen
de la abundancia, un brote de humanidad, un himno donde
las formas y los sonidos del paraíso estuvieran enterrados.
(trad. Adalber Salas Hernández)
(Fuente: Mario Nosotti)
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