Mate pastor
(Fragmento)
Finalmente
se sabe que
en las permanentes temporadas del celo nocturno
cuando las aves del sexo preparan sus garfios en la
oscuridad
las calles se pueblan de extraños contornos y cualquier
mínimo asomo de calor
la brevedad de una pollera una sonrisa el ritmo de unos
pasos
pueden transformar la habitual tranquilidad de las
conversaciones académicas
y después de triturar los helechos de la corrección
uno busca las orillas de un vestido ajustado para que las
manos sientan
que la libertad es un camino a ras de piel
y que el amor es entre otras cosas una interminable
secuencia
de trivialidades encaminadas al orgasmo
En esa peripecia en esa navegación corsaria a través de
los muslos
uno vuelca en los espejos los pequeños recuerdos las
costumbres del ocio
el sol ensañándose en los cuerpos
sabe sin embargo que nada podrá igualar a los feroces
temporales de la lengua
a los destrozados puertos que noche a noche se aniquilan
transversalmente en una cama
en las proliferaciones del semen en una marca en el
cuello
en las condecoraciones de humedad en las paredes
Entonces uno recorre infinitas habitaciones cuentos que
repite la memoria
y esa mujer que se muerde los labios se adueñó del
rostro que jadea en su oído
Nada podrá impedir que un hombre y una mujer se
amen
ni las tribulaciones del cansancio ni la vejez de las
palabras
ni los frecuentes reproches
Los dos conocen de antemano las fatigas que abruman
la piel
los intransitables senderos de las pesadillas
pero como oficiantes de un rito que desafía el rigor de la temperatura
en las tinieblas o en la precisión de una luz calcando
mapas
ni el hombre ni la mujer pueden vivir separados
y como conocen sus limitaciones tratan de encontrarse
en un silencio
que sólo interrumpen las escasas palabras de un lenguaje
incoherente y secreto
A la distancia
aferrado al cordón umbilical un hombre flota en el
vacío
mientras una lluvia de meteoros colorea los planos del
espacio
y alrededor de Alfa del Centauro dos manos —de
alguna manera hay que llamarlas-
repiten sin saberlo que en las permanentes temporadas
del celo nocturno
el estrépito del sexo -digamos de la vida-
constituye la prioridad primera de las células.
Finalmente
se sabe que
en las permanentes temporadas del celo nocturno
cuando las aves del sexo preparan sus garfios en la
oscuridad
las calles se pueblan de extraños contornos y cualquier
mínimo asomo de calor
la brevedad de una pollera una sonrisa el ritmo de unos
pasos
pueden transformar la habitual tranquilidad de las
conversaciones académicas
y después de triturar los helechos de la corrección
uno busca las orillas de un vestido ajustado para que las
manos sientan
que la libertad es un camino a ras de piel
y que el amor es entre otras cosas una interminable
secuencia
de trivialidades encaminadas al orgasmo
En esa peripecia en esa navegación corsaria a través de
los muslos
uno vuelca en los espejos los pequeños recuerdos las
costumbres del ocio
el sol ensañándose en los cuerpos
sabe sin embargo que nada podrá igualar a los feroces
temporales de la lengua
a los destrozados puertos que noche a noche se aniquilan
transversalmente en una cama
en las proliferaciones del semen en una marca en el
cuello
en las condecoraciones de humedad en las paredes
Entonces uno recorre infinitas habitaciones cuentos que
repite la memoria
y esa mujer que se muerde los labios se adueñó del
rostro que jadea en su oído
Nada podrá impedir que un hombre y una mujer se
amen
ni las tribulaciones del cansancio ni la vejez de las
palabras
ni los frecuentes reproches
Los dos conocen de antemano las fatigas que abruman
la piel
los intransitables senderos de las pesadillas
pero como oficiantes de un rito que desafía el rigor de la temperatura
en las tinieblas o en la precisión de una luz calcando
mapas
ni el hombre ni la mujer pueden vivir separados
y como conocen sus limitaciones tratan de encontrarse
en un silencio
que sólo interrumpen las escasas palabras de un lenguaje
incoherente y secreto
A la distancia
aferrado al cordón umbilical un hombre flota en el
vacío
mientras una lluvia de meteoros colorea los planos del
espacio
y alrededor de Alfa del Centauro dos manos —de
alguna manera hay que llamarlas-
repiten sin saberlo que en las permanentes temporadas
del celo nocturno
el estrépito del sexo -digamos de la vida-
constituye la prioridad primera de las células.
En Mate pastor, Ediciones de la Flor, Buenos Aires, 1971
Foto: Clarín
(Fuente: Otra Iglesia Es Imposible)

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