/ de "el cuarto de los temblores"
El temblor me antecede. Proviene de una catástrofe trazada sin margen, sin nombre, sin fe.
Hace
mucho anhelo escribir sobre el temblor. No sobre lo que se observa en
el trepidar de mis manos. No acerca de derrames, sustos nacidos de sus
desacatos. Escribir sobre la precaria materialidad del temblor. Su
duración. Su vacuidad. Eso que por impronunciable sostiene. Porque
cuando aparece ha comenzado a desaparecer y a aparecer de nuevo.
Temblar ha sido la más voluntaria de mis involuntades.
Alguien
dijo que el día que escribiese sobre el temblor, dejaría de temblar.
Que cuando tallara en vocablos todo lo que vibra desde mi infancia, nada
volvería a estremecerme.
Pero
nunca escribí. Un poco por incrédula, otro tanto porque temo no
temblar. La desaparición del mal me dejaría a la intemperie, sería una
desconocida de mí. Comienzo esta tarea de escribirme por quienes algún
día preguntarán. Acaso nietos, sobrinos. Quiero que conste aquello que
el temblor ha impedido: lo endilgado, lo presentido, su cautela.
[...]
En principio, el temblor aguarda señales y vértigos.
Todo en mí está por venir.
Así un después, latente como la locura, el miedo, la muerte.
[...]
Relámpago que no acribilla.
Sordina inquieta, incomprendida.
Por soledad suprema, me escondo.
No hay ruinas que reparar.
[...]
Mi
caligrafía es una trama de garabatos que se aferran a la infancia.
Jamás cambiarán. Es fea, zigzagueante, ajena a márgenes. Indescifrable.
En
la escuela primaria me torturan con docenas de planas. Creen que puedo
llegar a tener la caligrafía que impone el Método Palmer, angostada
entre las mínimas rayas del cuaderno.
Demoro inmensas horas en una retahíla que otros consiguen en minutos. Por ello me impiden salir a recreos.
Raras
veces consigo terminar los exámenes. Ruego minutos. Quiero tener otra
mano, una extensión que consiga dar tinta a todo lo que aprendo y
pienso.
Escribir a mano es tortura. Duele.
Escribir me rompe. A veces sangro. Cuando la piel logra cicatrizar, vuelve a abrirse. Vivo en la herida.
Un
día nacen callos. Me socorren con su exceso engrosado, endurecido y
deforme. Tengo un callo en el dedo medio, otro en el meñique. El primero
a causa del roce del bolígrafo o el lápiz. El otro por la excesiva
fricción contra el cuaderno. Son feos, terminan manchados, agrietados.
Durezas mías.
Antes de los diez años escribo
perfectamente en una máquina eléctrica. Primero en una Olivetti de la
óptica de mis padres. Luego en otra que es mía y ocupa el centro del
escritorio en la habitación propia. Así me hago
escritora. Tipeo trabajos para la escuela y poemas. Resúmenes de
Historia e historias sobre el amor que no llega. Así me hago llanto. La
máquina de escribir es la prótesis anhelada. Los maestros no lo
comprenden. Preguntan a mis padres quién escribe por mí. Las
explicaciones no bastan. Insisten en una escritura manual.
Un
día se permiten trabajos escolares tecleados. Los compañeros que por
años me acosaron quieren ser amigos. Se disputan conformar grupos de
estudio conmigo. Soy la única que teclea. La única que posee una máquina
mágica. Termino escribiendo en soledad, haciendo tareas de otros,
ofrendando mi pequeño don.
***
En El cuarto de los temblores. Caracas: Oscar Todtmann Editor, 2018.
Fotografía de Umar Timol
(Fuente: La comparecencia infinita)

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