ILUMINACIÓN SOLAR
Las vías
hacia la iluminación no están marcadas:
instalar placas de energía solar
en esta casa del Amazonas ecuatoriano
junto al río Napo
puede ser una.
Una muy directa.
Aquí solo se llega en canoa
desde
Punta Ahuano
y hay, si contamos los dos tramos de escaleras
hasta llegar a la cabaña más grande
en cuyo tejado se pondrían las placas,
188 escalones.
Sería exagerada la comparación
con la construcción de las pirámides de Egipto,
digamos con elegancia que se trata
de una aventura iniciática más trabajosa
que montar una cómoda de Ikea
llena de cajones.
Acortemos este poema pensando que hay dinero
para
pagar a los técnicos y a los transportistas.
Ahorrémonos las idas y venidas,
escaleras arriba, escaleras abajo,
río arriba, río abajo,
taxi a Tena, taxi exprés a Quito,
idas
y vueltas
en busca de esa tuerca que falta
y que al final hubo que importar desde Alemania.
Visualicemos a vista de dron
entre todos los matices del verde
los espejos reflectantes de los paneles fotovoltaicos
montados sobre la chapa roja del tejado.
Sintamos el confort de la bombilla que se enciende
sin el contaminante generador de gasoil.
Disfrutemos del agua caliente cayendo a chorros
sobre nuestro cuerpo fatigado
y concentrémonos a continuación
en el momento que falla por primera vez.
“Ha
sido la bobina de contacto”
o “la humedad que pudre las zapatas de los empalmes”,
“una tontería”, dirá el técnico venido desde Quito
tres semanas después del estropicio.
Para
vivir aquí un occidental necesita
grandes dosis de paciencia, constancia
y una cierta confianza en el azar,
la confianza inquebrantable de que las cosas van a salir bien.
Somos gente insistente
y olvidamos rápido las tres semanas de espera
con un par de gozosos baños de agua ardiendo.
Ha llegado la estación de lluvias
pero los días se hacen menos largos con una televisión
y la posibilidad de leer a deshora.
Y qué buen invento el microondas para calentar la leche.
La crecida de los ríos hará que la segunda
y
tercera vez que falle el sistema
el técnico tarde cuatro semanas en aparecer.
“Es el precio del progreso”,
dirá pasando una factura elevadísima por “otra tontería”.
En menos de medio año hemos aprendido
a cambiar las zapatas,
limpiar con aceite las bobinas de contacto,
pintar con brea cada mes las mangueras
para que los pájaros no las picoteen.
Hemos aprendido a lidiar con la nostalgia
de las duchas de agua fría
y de los tiempos pasados a la luz de las velas y las linternas.
Pero la gran enseñanza llega tras la sexta reparación.
Después de un año de disfrute intermitente de la energía solar,
reparada por el técnico y en perfecto estado de funcionamiento,
decidimos ir a dormir cuando oscurece,
regalar la televisión al vecino que cultiva piñas
y aceptar que en el paraíso no hay agua caliente.
Solo una vez a la semana encendemos el generador de gasoil
para poder lavar a máquina la ropa sucia.
Cuando
los visitantes asciendan al mirador
y pregunten por la falta de electricidad,
señalando el brillo deslumbrante sobre el rojo del tejado
y el verde de la selva,
les diremos que esas hermosas placas solares en desuso
cumplieron de sobra con la función de iluminarnos.
Fidel Moreno. El hombre equivocado en el momento oportuno. Ed. Pre-textos.
(Fuente: Voces del extremo)

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