lunes, 6 de febrero de 2023

Héctor Giuliano (Piamonte, Italia, 1947)

 

Los poetas no bailan.
Cuesta escrutar sus capciosas miradas,
se nutren de cierto misterio
que no los llevará, dicen,
a la bancarrota.
No son sencillos,
aparentan,
por cualquier pavada gruñen
y se muerden los incisivos.
Los poetas quieren explicarlo todo.
Con pluma negra o palabra vacía.
O no.
Tienen orgullo cantado,
pero escuchan sólo algunas canciones
y no toleran el reguetón o el minué
y sus elegantes umbrales.
Los poetas
se desviven por un buen producto,
dicen que no,
pero les llora la cara por ser originales,
planchan estrujados papeles
y estrujan arrugadas planchas.
Se ríen de a dos o tres intenciones,
tanteando la cigüeña
o la furia del sapo,
aunque lo disimulan
para preservar la autoría.
Los poetas creen
que el alcohol, la respiración agitada,
la clausura del castrado
y los paraísos artificiales
los guarecerán del páramo en blanco,
pero saben que no es verdad.
Los poetas
se dan manija para no bailar
una cumbia por ejemplo,
un cuartetazo otro,
hacen la maña para no ir
a los bailes de carnaval.
Alegan gastritis, juanetes,
desprecio, y el "yo no estoy para eso"
y un sinfín de inexcusables obligaciones.
 
Bailo,
una y otra vez.
Cuando puedo y como pueda.
Desembrollo los tobillos,
hago extravagancias de cadera
y hago picar las tabas sobre el piso.
Y desparramo espuma y bromas,
al que está al lado y al que anima desde el micrófono,
agito la remera como un trapo en el desierto,
bebo fernet y coca
me pongo cotillón y me cago de risa.
 
Por lo expuesto no soy poeta,
ni lo quiero ser.
 
 

- Inédito -

 

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