A setecientos años de la muerte de Dante Aligheri
/ El Infierno. Canto VII.

CANTO VII
NOTA INTRODUCTORIA
El canto comienza con una enigmática queja del denomino que vigila el cuarto círculo, Plutón. Es un airado exabrupto, incomprensible para todos, salvo tal vez para Virgilio, que conforta a Dante y se enfrenta al demonio con nuevas alusiones al designio de Dios: “así se quiso en lo más alto”. Plutón se desploma y los poetas acceden al cuarto círculo. Tras una invocación a la justicia divina, Dante ve dos escuadrones de pecadores que avanzan en dirección opuesta empujando grandes pesos y que al encontrarse se insultan y vuelven atrás, repitiendo eternamente su violenta danza. Dante se sorprende de ver a muchos tonsurados en uno de los batallones. Virgilio le explica que por un lado están los pródigos y por el opuesto los avariciosos, y que casi todos éstos fueron “clérigos, papas y cardenales”, cuya sucia vida los han vuelto irreconocibles en el infierno. La cuestión afecta directamente al tema de la fortuna, de manera que Virgilio, para satisfacer un ingenuo ruego de Dante, explica prolijamente en qué consiste: Dios, de la misma manera que creó una inteligencia angélica que guiara el movimiento delos cielos, creó otra potencia, a la que no podía oponerse la voluntad de los hombres, para regular y distribuir los bienes terrenales entre los distintos pueblos y linajes; esa potencia es la fortuna, mudable, implacable e impasible ante los caprichos humanos. Como el tiempo apremia y es casi medianoche, Virgilio propone seguir descendiendo y llegan al quinto círculo, donde ven un río de aguas negras que alimenta un pantano: es la laguna Estigia, donde están enfangados los iracundos, que se golpean y se muerden, y los perezosos, que no se ven porque están sumergidos y entonan un canto incomprensible que hace burbujear el fango. Dante y Virgilio avanzan un buen trecho por el borde del quinto círculo, entre el margen y el lodazal, y llegan a los pies de una alta torre.
“¡Pape Satán, pape Satán alepe!”
vociferó Plutón con su voz ronca.
Mi noble y sapientísimo maestro
para animarme dijo: “Que tu miedo
no te supere, pues, por más que quiera,
no logrará impedir nuestro descenso”.
Después le espetó a aquel hinchado rostro:
“¡Calla, maldito lobo, que tu rabia
te consuma por dentro las entrañas!
Nuestro descenso está justificado:
así se quiso en lo más alto, en donde
Miguel vengó la rebelión impía”.
Como las velas hinchadas por el viento
que caen revueltas al romperse el mástil,
así a tierra cayó la bestia fiera.
Y descendimos hasta el cuarto círculo,
bajando un grado más en aquel valle
que embucha todo el mal del universo.
¡Ay, justicia de Dios! ¿Dónde habrá sitio
para tantas angustias y castigos?
¿Por qué es tan ruinosa nuestra culpa?
Como rompen las olas en Caribdis
unas contra la otra, así bailan
su frenética danza estos espíritus.
Vi aquí más gente que en los otros círculos.
Chillaban y empujaban con el pecho
enormes reocas de una parte a otra.
Después chocaban entre sí, y entonces
se daban media vuelta y gritaban:
“¿Por qué guardas?”, o bien “¿Por qué derrochas?”.
Así seguían por el negro cerco
hasta llegar al otro extremo, y luego
repetían su odiosa letanía,
para volver después al punto opuesto
de la mitad que les correspondía.
Yo, con el corazón doliente, dije:
“Explícame, maestro mío, quiénes
son estas gentes y si fueron clérigos
todos los tonsurados de la izquierda”.
“Ciegos de mente fueron todos”, dijo,
“en su vida terrena, pues hicieron
siempre con desmesura sus dispendios.
Sus gritos lo propagan claramente
cuando en los dos extremos de este círculo
van a topar con el pecado opuesto.
Estos que van rapados fueron clérigos,
papas y cardenales, pues en ellos
ejerce la avaricia su dominio”.
“Maestro, si es así”, dije, “yo puedo
reconocer con claridad a algunos
que se enfangaron en pecados tales”.
“No es así”, replicó, “tu idea es vana:
la necia y sucia vida que llevaron
los vuelve oscuros e irreconocibles.
Se chocarán eternamente: unos
saldrán de su sepulcro con el puño
bien cerrado, y los otros bien pelados.
Por no saber guardar ni dar perdieron
el paraíso, y todos acabaron
en esta indescriptible pelotera.
Ya ves, hijo, el falaz y breve engaño
de los bienes que otorgan la fortuna,
por los que tanto riñen los humanos:
todo el oro del mundo no sería
bastante para dar paz y reposo
a una sola de todas estas almas”.
“Maestro, dime más, ¿en qué consiste
la fortuna a que aludes y que tiene
las riquezas del mundo entre sus garras?”
Él respondió: “¡Oh, estúpidas criaturas!
¡Cuánta ignorancia os atenaza! Quiero
que escuches bien mi explicación ahora.
Aquel cuyo saber todo lo puede
creó los cielos y les dio una guía
que irradia su esplendor por todas partes,
distribuyendo por igual su luz.
Del mismo modo designó a otra guía
que gobernase el esplendor mundano,
repartiendo entre pueblos y linajes
los bienes terrenales y evitando
la intromisión de humanas intenciones;
unos prosperan y otros languidecen
siguiendo su juicio, que está oculto
igual que la serpiente entre la hierba.
Vuestro saber jamás puede vencerla:
provee y juzga y en su reino reina
como los otros dioses en el suyo.
No existe tregua para sus mudanzas
y obra con rapidez; por eso hay siempre
alguien que cambia estado de improviso.
Es tal su condición que es condenada
por los que deberían alabarla,
que la maldicen con calumnias vanas;
mas ella no hace caso de estas voces:
feliz entre las puras criaturas,
goza su santidad, gira en su esfera.
Sigamos descendiendo. Las estrellas
que estaban, al partir, allá en lo alto
comienzan a bajar, y el tiempo apremia”.
Cruzamos aquel cerco y en el margen
opuesto divisamos una fuente
hirviente que en un foso se vertía.
Era el color del agua, más que oscuro,
todo negro, y, siguiendo la corriente,
al fin entramos por extraña vía.
El triste río acaba su descenso
por los malignos riscos del pecado
en la laguna que es llamada Estigia.
Y yo, que todo lo miraba, vi
en el pantano gentes enfangadas,
todas desnudas con semblante airado.
Se daban grandes golpes con las manos,
y también con los pies y la cabeza,
arrancándose trozos a bocados,
“Hijos”, dijo el maestro, “aquí estás viendo
las almas dominadas por la ira,
y debes dar por cierto si te digo
que bajo el agua hay gente que suspira
haciendo hervir el fondo hasta que ascienden
las burbujas que ves por todas partes.
Hundidos en el fango, dicen: “Fuimos bajo el alegre sol muy infelices
con un humo de acidia en las entrañas,
y ahora lo somos en el negro lodo”.
Es la canción que van gorgoteando,
pues no pueden hablar de otra manera”.
Bordeamos aquel sucio pantano,
entre el margen y el légamo, un buen trecho,
mirando hacia las almas enfangadas.
Y llegamos al pie de una alta torre.
Prólogo, Comentarios y Traducción de JOSÉ MARÍA MICÓ

Comedia. Barcelona. Acantilado. 2018. Págs. 89-95.
(Fuente: La Mecánica Celeste)
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