El amor nos convoca a las cosas de este mundo
Los ojos que se abren a un grito de poleas,
Y reanimada por el sueño, el alma atónita
Pende un instante apenas, simple e incorpórea
Como ese falso amanecer. Por fuera
De la ventana abierta, el aire
Matinal está todo inundado de ángeles.
Algunos usan sábanas, algunos llevan blusas,
Algunos van en bata: lo cierto es que allí están.
Ahora ellos se elevan juntos en calmas olas
De sentimiento alciónico, llenando los atuendos
Con su honda alegría de aliento impersonal;
Ahora en su mismo sitio vuelan
Con la velocidad terrible de lo ubicuo,
Se mueven y se quedan
Como agua blanca; y se hunden en abrupta quietud
Como si nadie ya estuviera ahí.
Vacila el alma
Ante aquello que está por recordar,
Ante el rapto puntual de otro día bendito,
Y clama:
“Oh, que no haya en la tierra sino ropa lavada,
Sino manos rosadas en la bruma que asciende,
Y estas diáfanas danzas a la vista del cielo.”
Pero mientras el sol, con cálida mirada,
Reconoce las formas y colores del mundo,
El alma una vez más desciende en acre amor
A aceptar ese cuerpo que despierta, diciendo
Ya con diversa voz, mientras bosteza y se levanta
[el hombre:
Reconoce las formas y colores del mundo,
El alma una vez más desciende en acre amor
A aceptar ese cuerpo que despierta, diciendo
Ya con diversa voz, mientras bosteza y se levanta
[el hombre:
Que haya límpidos linos
Para cubrir la espalda a los ladrones;
Que acudan los amantes frescos y dulces a sus lechos
Y que las monjas más robustas vayan
En pura flotación de hábitos negros
Manteniendo un difícil equilibrio.
(Fuente: El hombre aproximativo)
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